Artesanos del arpa paraguaya; la identidad musical que se resiste a desaparecer

Protagonista indiscutible de polkas, guaranias y otras músicas folclóricas de Paraguay, el arpa paraguaya nace del trabajo de los artesanos concentrados en la ciudad de Luque, próxima a Asunción, que mantienen viva una tradición que se resiste a desaparecer.

Entre tablones, sierras sin fin, virutas de madera y serrín, el luthier Nicasio Díaz, que lleva casi 30 años dedicado a fabricar arpas, recorta las piezas para unirlas en un rompecabezas de precisión milimétrica, que al terminar de armarse dará forma al instrumento nacional de Paraguay.

Tablas de madera de cedro, autóctona, y chapas de pino importadas de Canadá conforman la caja de resonancia del arpa, sobre la que se coloca la cabeza, repleta de clavijas para la treintena de cuerdas que, en promedio, posee el instrumento, y que Díaz afina una a una mediante una aplicación en su teléfono móvil.

Las cuerdas se tensan paralelas a una columna, también de madera, que une la cabeza a la caja de resonancia, y que a veces está tallada con diferentes motivos del país, como por ejemplo el cuerpo de una mujer indígena.

Díaz explicó a Efe que todas las piezas se unen mediante un pegamento elaborado a base de gelatina de repostería y agua, se fijan a través de abrazaderas de cuero hechas a la medida del arpa, y se dejan secar a media sombra o, en invierno, con una fogata cercana.

El proceso, en el que cada pequeño detalle influye en el sonido final que saldrá del instrumento, suele tomar entre 15 y 22 días y el arpa se vende habitualmente por unos 3 millones de guaraníes (unos 500 dólares), dijo Díaz.

A su taller, instalado en el fondo de su casa en Luque, han llegado encargos procedentes de Japón, como las arpas para la artista nipona Mika Agematsu, intérprete de música popular latinoamericana, y también de otros países como España o Estados Unidos.

“El primer encargo que tuve para exportación fue en 1987 y tenía que mandar 20 arpas a España y otras 20 a Estados Unidos. Entonces estaba solo, era más joven y trabajaba unas 14 o 15 horas al día para poder llegar a la fecha del encargo”, recordó.

Ahora Díaz trabaja con la ayuda de su hijo Rolando, de 18 años, que afirmó que el arpa es un instrumento muy versátil y no solo sirve para acompañar la música folclórica de artistas paraguayos reconocidos como Félix Pérez Cardozo o Emiliano R. Fernández, sino que puede adaptarse a diversos estilos.

Rolando aspira a continuar con la tradición familiar de fabricación de instrumentos para impedir que desaparezca una cultura asociada a la ciudad de Luque, donde también se construyen guitarras.

“Nuestro objetivo es que se valore nuestra cultura y siga vigente la artesanía. Hoy en día muchos jóvenes solo buscan un trabajo que les dé mucha ganancia y no se dedican a su cultura y tradición”, declaró.

Además de la falta de interés de las nuevas generaciones, la fabricación artesanal de arpas enfrenta otra amenaza: la irrupción en el mercado de productos de origen chino, que se fabrican a nivel industrial y tienen menores costos, explicó a Efe Miguel Villalba, constructor de guitarras.

Villalba integra junto con los Díaz la cooperativa de luthiers Oñondivepa (“todos juntos”, en guaraní), y aseguró que, a diferencia de los instrumentos artesanales, los fabricados a nivel industrial duran apenas medio año y no pueden repararse.

Además de aportar mayor la calidad y armonía de los sonidos, los artesanos, como Rolando Díaz, destacan que fabricar a mano un arpa paraguaya representa una seña de identidad y “un lujo espectacular”, al ver cómo “el fruto del sacrificio se va por todo el mundo”.

María Sanz – EFE

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