Los casos que comprometen a las FTC: el crimen de Julián Ojeda Espínola

Salió de “marisca” desde su casa de Nueva Fortuna armado de un machetillo y una pala. Las FTC lo mataron entrada la tarde en las cercanías del Rio Ypané. Lo vistieron de “para para´í” e intentaron hacerlo pasar por miembro del EPP. Nanduti Digital viajó a Concepción y habló con sus familiares y amigos.

Para llegar a Nueva Fortuna desde Concepción, hay que recorrer un largo camino que incluye un empedrado aún no terminado pero ya inaugurado por el presidente Horacio Cartes.

Mis guías son Pai Pablito Cáceres y el profesor Benjamín Valiente, miembros de la  Pastoral Social preocupados por las consecuencias de un conflicto que tiene a la población civil como víctima principal.

Nos acompañan los comunicadores locales Sebastián Olazar de Radio Paipuku y Félix Ramos de Radio Regional. Por el camino se nos une Marciano Jara, dirigente de la comunidad de Arroyito, otra de las zonas que sufren la militarización ordenada en agosto de 2013.

¿Nuestro objetivo? Entrevistar a la esposa, los hijos y amigos de Julián Ojeda, asesinado la noche del viernes 18 de diciembre en otro confuso episodio que involucra a las FTC.

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Este santuario está ubicado a la vera de la ruta V en la localidad de Cuero Fresco. Recuerda al Capitán Enrique Piñanez y el suboficial José González, muertos en otro confuso episodio que permanece sin respuestas.

Pasamos por Horqueta, Arroyito, Cuero Fresco, Azotey y llegamos a Paso Tuya (el pueblo de Arlan Fick). En la casa de las hermanas de la Divina Providencia, nos refrescamos un poco y recogemos una canasta con abundante comida que las religiosas generosamente prepararon para la familia del difunto.

Detrás de la residencia se levanta uno de los destacamentos de las FTC. Gomas apiladas a modo de barrera de protección rodean el campamento. Dentro; carpas y  containers camuflados; tanquetas,  jeeps y soldados en musculosa que miran con desconfianza a todo el que pasa por el lugar.

La imagen parece sacada de una película sobre las guerras de Irak o Afganistán, pero no es oriente medio, es Paso Tuya, comunidad ubicada en el norte de un país rico, enfermo de pobreza.

Se lo comento a Pai Pablito.

– “Acá también hay una guerra” me responde el vicario sin quitar los ojos del camino.

En Kurusu de Hierro hacemos otra parada. Los hermanos de Marcos y Hermenegildo Ovelar (asesinados por error y presentados también como guerrilleros) beben caña a la  sombra de un árbol. Ya casi es mediodía. Pregunto por María Gloria González, la mujer que los acompaño a buscar la lechera que llevó a la muerte y se salvó de milagro pese a recibir varios disparos y ser acuchillada salvajemente por uno de los soldados.

Nos indican el lugar donde podemos encontrarla. Pai Pablito recomienda seguir hasta Nueva Fortuna y entrevistarla a la vuelta.

Ni guerrilleros ni militares

Bernarda Romero es referente de la Pastoral Social y dueña de una despensa. Está indignada y lo expresa en un guaraní firme y convincente. Está harta del EPP y las Fuerzas de Tarea. “Por culpa de la guerrilla, los militares matan y apresan a inocentes”, dice.

Es ella quien nos guía hasta la pequeña casa de Don Julián, a la que llegamos caminando debido a que el mal estado del camino impide el paso de la camioneta del Pa’i.

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Pa’i Pablito Cáceres cree que el EPP es funcional a los intereses de sojeros y ganaderos.

A diferencia de lo que piensa el presidente (si, el presidente) y los organismos de seguridad, Pa’i Pablito no apoya la lucha armada. Ni siquiera mira con simpatía a este grupo de hombres y mujeres que se mueven como fantasmas por los montes y hablan de hacer la revolución para volver a los tiempos de Francia y los López. El cura cree que el grupo armado es funcional a los intereses de los sojeros y los ganaderos en constante expansión y que su presencia facilita la persecución de los líderes sociales que se oponen al agronegocio.

Un hombre humilde al que le gustaba jugar fútbol y vóley

La casa de la familia Ojeda Espínola es pequeña. Apenas dos habitaciones y un baño.

Nos esperan su hermana, algunos vecinos, su viuda, Leonida Villaba, de 46 años y sus nueve hijos; René de 20, Cinthia de 19, Robert de 16, Diego de 15, Larissa de 12, Jessica de 11, Ronaldo de 9, Fabián de 8 y Lorena de 4. Desde el viernes 18, todos huérfanos.

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La familia de Ojeda Espinola. Leonida y sus nueve hijos.

Sentada debajo de un frondoso árbol, Leonida relata los hechos. Los comunicadores,  los miembros de una ONG capitalina interesados en el caso y dos asesores de la comisión de Derechos Humanos del Congreso, tomamos nota.

Dice que después de carpir la mandioca (a eso de las seis de la tarde) Julián le planteó que se iría de pesca. Que agarró una pala y un machetillo porque su intención era cazar algún armadillo. Que ella suele acompañarlo, pero que es día no fue porque uno de sus hijos había vuelto del Chaco. Que de alguna manera, la inesperada visita le salvó la vida.

“Seguramente no llegó mi hora, por eso no lo acompañé” dice la mujer.

Leonida revela que Julián llevaba puesto un pantalón azul marino y una camisa marrón, no una camisa camuflada y un pantalón azul como dijeron el vocero de las FTC y el forense Cristian Ferreira.

“Estábamos carpiendo la plantación de mandioca, y así, como estaba, él salió. Nosotros no tenemos chaqueta de camuflaje. Tenemos miedo de usar y eso está prohibido”.

Por supuesto, tampoco llevaba un arma larga.

“Arma no llevó, nosotros no tenemos, porque tenemos criaturas”.

Agrega que tienen lotes cerca del rio Ypané y que suelen ir por el lugar.

“Él salió solo de acá” subraya la viuda, refutando la versión oficial que indica que Ojeda se encontraba en compañía de un grupo de personas “fuertemente armadas”.

“A eso de las siete y media escuchamos tiroteos hacia ese lugar. Hubo varios tiros. Yo cuando escuché el tiro dije que iba a terminar acribillado, por la cantidad de disparos. Nunca hubo disparos así en estos lugares. Calculé que le iban a destrozar. Pero no recibió tantos disparos” dice la viuda.

Pese a que Ojeda Espínola fue identificado durante la madrugada del sábado por el forense; ni fiscales, ni policías, ni miembros del ejército se comunicaron con su familia. Leonida cuenta que fueron sus vecinos los que le confirmaron que la víctima de los disparos era su marido.

“Nadie nos vino a avisar. Solamente los vecinos me avisaron, ellos vieron por la tele y me comentaron…Solamente su cuerpo se trajo, porque se fueron a traerle. Son ustedes los primeros en visitarme”.

Los medios de comunicación recibimos la noticia de un enfrentamiento en Kurusu de Hierro alrededor de las 9 de la noche de ese viernes. Las primeras versiones hablaban de un intercambio de disparos entre las FTC y miembros del EPP. Decían que había dos abatidos entre los guerrilleros y que uno era Osvaldo Villalba.

Sin embargo, entrada la madrugada, se confirmaría que ni las víctimas eran dos, ni que el muerto era Osvaldo Villalba. Tampoco se trataba de un grupo de personas si no de una persona; Julián Ojeda Espínola, un hombre que jamás figuró en la lista de integrantes del EPP elaborada por los organismos de seguridad.

En una improvisada conferencia de prensa (y aunque nadie se lo preguntó) el médico forense Cristian Ferreira creyó oportuno destacar que la víctima vestía una camisa camuflada, jean azul y calzaba botas largas. También que portaba una mochila en cuyo interior se hallaron proyectiles del calibre 5.52 “que son utilizados por fusiles” dijo.

Sostuvo que también encontraron cigarrillos, bebidas, sopa y enlatados.

Ferreira tuvo la prudencia de aclarar que, por las inclemencias del tiempo, no pudo llegar al lugar del hecho, y que fueron las propias FTC las que se encargaron de levantar el cadáver y recoger las evidencias.

Según su informe,  Ojeda recibió dos disparos de balas de alta velocidad; una en el lóbulo izquierdo y otra en el pecho. La segunda herida fue la que terminó con su vida.

“Por el dolor” Leonida prefirió no ir a retirar el cuerpo.

“Le envié a mi hija para retirarle. Ella con su hermano y tíos fueron”.

“Queremos saber qué pasó”

Cinthia Ojeda Villalba tiene 19 años y un hijo. Habla perfecto español. Completó la Escuela Escolar Básica sin sobresaltos pero no pudo seguir estudiando. ¿No quiso? No, no pudo. La escuela de nivel medio más próxima queda a 50 km y como ella no tiene moto ni recursos para adquirir una, debió dar por terminada su educación. Fue la encargada de retirar el cuerpo de su padre de la morgue de Concepción. Se lo entregaron el sábado, desnudo, sucio y ensangrentado. No le dieron muchas explicaciones.

“Queremos saber qué pasó con él. A las siete y media escuchamos el disparo. Dijimos que fue a él, porque no supimos más nada de su persona. No nos fuimos (a buscarlo) ese día porque era difícil. Era de noche, el tiempo estaba feo y llovía”.

“En Concepción nos dieron el cuerpo. Preguntamos y nos respondieron que hay un cuerpo. Llamaron al fiscal, que tardó en llegar. Nos preguntó si somos sus parientes. Fuimos entre cinco. No quería traernos…. y eso”.

“Hasta Horqueta nos trajo la patrullera y después mi mamá mandó una camioneta para traer su cuerpo. No quisieron traer porque no tenían orden”.

El corresponsal de Ñanduti en el norte, Idilio Barrios, tiene una explicación para todo esto.

“Entregar el cuerpo de madrugada es una estrategia de las FTC para que la prensa no capte imágenes. Los militares no quieren que la prensa sea testigo de sus errores” sostiene el colega.

El cuerpo de Ojeda llegó a la morgue a las tres y media de la madrugada del sábado 19 de diciembre.

Por más Barrios intentó comunicarse con el fiscal Joel Cazal y el vocero de las FTC, Amilcar Vera, ninguno de los dos atendió el teléfono.

Lo mismo hicieron Francisco de Vargas y Javier Díaz Verón, tan afectos a organizar importantes conferencias de prensa cuando las FTC “abaten” a miembros del ACA o el EPP.

Primero matan, después investigan

Las dudas sobre el procedimiento, obligaron al vocero de las FTC a entregar una versión de lo sucedido.

“Cayó abatida una persona, pero nosotros en ningún momento afirmábamos que era del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP); nosotros hablamos de que era miembro de una banda criminal”, indicó a una radio capitalina.

Vera informó que quedaría a cargo del fiscal Joel Cazal determinar o precisar “de qué grupo delictivo formaba parte el hombre”.

Agregó que contaban con “información de inteligencia” que vinculaba a Ojeda con actividades criminales.

“Nosotros participamos de un hecho, teníamos información de inteligencia de que el lugar del incidente era un corredor de movilidad de personas o elementos que se movían con uniforme camuflado y armas largas, con cierta frecuencia”, explicó militar.

Sostuvo que las fuerzas de seguridad fueron a verificar el lugar y se percataron de la presencia de un grupo de personas. Manifestó que los soldados no pudieron precisar la cantidad de personas que acompañaban a Ojeda debido a la oscuridad.

“Le intimaron el alto y recibieron disparos como respuesta. Por supuesto, ese fuego fue respondido” finalizó Vera.

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Capitán Amilcar Vera, vocero delas FTC.

Sin embargo el sábado en horas de la mañana, el mismo vocero confirmaba que Ojeda había muerto en un enfrentamiento y que marchaba en compañía de otras tres personas vestidas con ropa camuflada.

Según el Pai Pablito, las fuerzas de seguridad no cuentan con personal que corrobore la abundante información que reciben de los “pyragues” y que esta situación los conduce a cometer “errores” que muchas veces cuestan vidas.

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La hermana de Julián exige el esclarecimiento del crimen.

Los testimonios recogidos por este periodista y la comitiva que llegó hasta Nueva Fortuna, demuestran que Julián era un hombre trabajador al que le gustaba jugar al vóley y al fútbol, que cultivaba su huerta, visitaba a sus amigos y solía salir “de marisca”.

Al igual que los Ovelar y Vicente Ojeda, fue víctima de o una información errónea o del gatillo fácil de las fuerzas de seguridad, cuyos miembros (como bien lo dijo en Ñanduti el analista Euclides Acevedo) están preparados para matar, no para capturar.

 

Prueba de esto es que todos los miembros de la aparentemente extinta Agrupación Campesina Armada que se topó con las FTC terminaron muertos. Y esto incluye a varios menores sin experiencia militar que marchaban por los montes con los Jara Larrea.

La familia de Ojeda Espínola tiene derecho a saber qué pasó con Julián. Y los organismos de seguridad y la fiscalía, la obligación de investigar su muerte.

Texto, fotos y videos/José María Quevedo

Edición/Derlis Aquino

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