Una comunidad brasileña teje un tesoro en peligro extinción: el Capim Dourado

En el “quilombo” Mumbuca, una comunidad en el interior de Brasil, cincuenta y dos familias de descendientes de esclavos negros viven gracias al Capim Dourado, una planta de tonalidad áurea que desde hace un siglo se usa en artesanía, pero cuya supervivencia está ahora amenazada.

Una comunidad brasileña teje un tesoro en peligro extinción: el Capim Dourado

Este “quilombo”, como se conoce en Brasil a las comunidades donde se refugiaban los esclavos sublevados que conseguían huir, vive en una aldea remota situada a unos 300 kilómetros de Palmas, la capital del estado amazónico de Tocantins (norte).

Allí, entre casas de barro y paja, Noemi Riveiro teje el Capim Dourado. Es la herencia que su bisabuela, doña Guardina, le dejó. Pero no solo a ella, también a Mumbuca y a todas las localidades de la árida región del Jalapao.

Según cuentan los habitantes de este “quilombo”, Guardina, una esclava prófuga del estado de Bahía, descubrió hace aproximadamente un siglo el Capim Dourado y lo transformó en una pieza de arte gracias a la destreza adquirida con los indios Xerente.

“Es una herencia eterna”, comenta su bisnieta, quien a sus 59 años tiene el rostro curtido por la preocupación y las manos marcadas por el trabajo.

Ella, al igual que los 180 habitantes de Mumbuca, sigue con desasosiego la reducción constante de esta planta natural que crece en el margen de los ríos del llamado “cerrado”, una región de vastas sabanas arbustivas en el interior de Brasil y con una enorme biodiversidad.

Y es que en Mumbuca todo se ha construido sobre el Capim Dourado. Es el “pan en la mesa” y la única fuente de sustento, por lo que el fin de esta planta supondría también la quiebra de este “quilombo” con cerca de dos siglos de historia.

Para preservar la materia prima, el gobierno regional de Tocantins dictó en 2007 una ley que tan solo permite cultivar a partir del 20 de septiembre de cada año, momento en el que la semilla del Capim Dourado está madura y los cosecheros pueden devolverla a la tierra para garantizar un nuevo florecimiento.

Sin embargo, según explicó a Efe Aline Vilarinho Rocha, supervisora del Parque Estadual do Jalapao, el incumplimiento de las reglas de cultivo y la sobreexplotación de la materia han convertido al Capim Dourado en una planta en peligro de extinción.

“El Capim ya está faltando. En muchos lugares ya no hay más. Es nuestra preocupación. Es muy bonito, ayuda mucho a la comunidad, pero yo pido a las autoridades que tomen medidas”, dijo a Efe el presidente de la asociación de artesanos de Mumbuca, Edivan Riveiro Gomes.

El fin del Capim Dorado también podría comprometer parte de la economía de la región ya que, solo en la localidad de Mateiros, a unos 30 kilómetros de Mumbuca, el 8 % de la población directamente de este producto y el 50 % lo hace de manera indirecta.

Cientos de artesanos de la región de Jalapao trabajan el Capim Dourado y lo convierten en sombreros, pendientes, pulseras, bolsos y todo tipo de complementos.

Para ello cuentan con la ayuda del Servicio brasileño de Apoyo a la Micro y Pequeña Empresa (Sebrae), que les asesora en la gestión, desde el diseño hasta la comercialización del producto final.

“Desde que se creó el estado de Tocantins, el Sebrae ha estado muy presente, divulgando la artesanía en las novelas y en las ferias internacionales (…) Invertimos dinero con el Capim y lo hacemos para promover los pequeños negocios”, comentó el superintendente del Sebrae en Tocantins, Omar Henneman.

Los consultores de este órgano orientaron hace unos años a Silvado Batista Rodríguez, quien ha abierto una empresa en la localidad de Ponte Alta que actualmente exporta a seis países y tiene a su cargo a 3 empleados fijos y 17 subcontratados.

Batista, de 29 años, es el ejemplo de una nueva generación de emprendedores del Capim Dourado. Noemi Riveiro, en cambio, guarda entre las agujas el secreto primitivo de este arte, aunque teme que sus nietos no lo puedan heredar.

“Si no tratamos el Capim Dourado con respeto, lo sentiremos”, asegura.

Alba Santandreu – EFE

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