Los ojos del mundo en la Sudáfrica sitiada

Una exposición homenajea en Johannesburgo a los fotógrafos que arriesgaron su vida para mostrar la violencia del “apartheid” en los barrios reservados para negros (“townships”), convirtiéndose en los ojos del mundo en la Sudáfrica sitiada.

Su trabajo permitió conocer cómo el régimen segregacionista reprimía las algaradas de la mayoría negra, para perpetuar el sistema injusto que la condenaba a la marginalidad y la servidumbre.

Desafiando la prohibición expresa de filmar, tomar fotografías o incluso estar en lugares donde se producían los disturbios, los 40 fotógrafos que aportan material a la exposición arriesgaron a menudo su libertad y su vida, convencidos de que nadie como ellos podía contar la trágica realidad del país.

“La única manera de dar a conocer al mundo qué estaba pasando en Sudáfrica y qué tipo de animal era el ‘apartheid’ era ser fuerte, ir a los sitios, utilizar la cámara tanto cuanto era posible”, explica a Efe uno de ellos, el legendario fotoperiodista sudafricano Peter Magubane.

La anatomía de la bestia la trazan, en las paredes de la Fundación Nelson Mandela, imágenes de enfrentamientos desiguales entre jóvenes con piedras y palos y vehículos blindados llenos de soldados, pero también de entierros llenos de dolor o prédicas encendidas como la del premio Nobel de la Paz Desmond Tutu.

En esta instantánea, un vehemente Tutu vestido con su característica sotana morada de prelado anglicano clama contra la inmoralidad de la situación con los brazos extendidos a semejanza de Jesucristo, mientras una nube de periodistas y partidarios le escuchan a sus pies.

En otra, un hombre blanco abraza frente al “skyline” de Johannesburgo a su acompañante negra, en un acto de normalidad cotidiana que en aquellas circunstancias era también un desafío a la ley.

Hay, asimismo, escenas del baile y la música que en la tradición sudafricana negra expresa sus protestas políticas, estampas de la militarizada sociedad blanca, o de la discriminación contra la mayoría no blanca de la población que estaba en el origen de todas las demás erupciones.

Presentes en la inauguración de la exposición, que lleva por título “Entre estados de emergencia”, fotógrafos como Magubane o su compañero Juda Ngwenya rememoran episodios de su trabajo en los “townships” en llamas.

“Una vez, en Soweto, estaba haciendo fotos de un funeral multitudinario en el que teníamos prohibido estar. La Policía atacó a la gente frente a la fosa y yo caí dentro. Tuvieron que ayudarme a salir”, relata Ngwenya, que recuerda cómo entraban a escondidas detrás de los curas para poder estar en los sepelios.

También Magubane -que durante su carrera pasó más de 500 días aislado en una celda por hacer fotografías y fue agredido y disparado en varias ocasiones- hubo de recurrir a su ingenio para publicar en “Drum”, la revista por excelencia de la Sudáfrica negra, que él define como “nuestra Time”.

“La única forma de hacer mi trabajo era el camuflaje. No era difícil esconder una cámara Leica, por lo que solía comprar pan, poner la cámara dentro y hacer ver que estaba comiendo y mientras hacía fotos”, cuenta impasible Magubane, de 83 años, cuya trayectoria fue reconocida durante el evento.

“El primer día que entré a trabajar en ‘Drum’ me dije a mí mismo que no sería un cobarde, no me escabulliría y me implicaría en las cosas que afectaban a mi país. Estaba preparado para morir por la verdad”, declara el reportero, para quien hacer público lo que ocurría con las fotografías prohibidas era una forma de combatir al régimen.

EFE

Ningún Comentario

Deja un comentario