‘Grito de libertad’: artistas y pueblos originarios del Chaco en la Bienal

Rodeados por la “civilización” o el “progreso” (en forma de la ganadería y, por ende, de una deforestación masiva, las ciudades y en menor escala en la región del Chaco por los cultivos), los pueblos originarios han sobrevivido heroicamente, practicando hasta hoy día sus tradiciones: su artesanía, sus cantos, sus bailes, preservando su idioma y su forma de ser.

‘Grito de libertad’: artistas y pueblos originarios del Chaco en la Bienal

Dentro del marco de la Primera Bienal de Asunción con el lema “Grito de Libertad”, el Centro Cultural del Lago presenta la exposición de dibujos y pinturas realizados por artistas originarios del Chaco paraguayo.

Son dibujos que evocan otros tiempos, cuando los bosques y los animales no escaseaban y la pesca o las cacerías eran exitosas por lo general y constituían momentos de jubileo para los cazadores y sus familias. La valentía del cazador fue puesta a prueba y así adquiría prestigio entre los otros hombres y dentro de sus comunidades.

Actualmente, se podría decir que los artistas originarios son también considerados como personas de prestigio porque es a través de la venta de su trabajo artístico que consiguen fama —no solo en sus pueblos sino en la sociedad envolvente—, y que gracias a eso llevan comida a las mesas de sus familias.

Una serie de fotografías del archivo del Centro Cultural del Lago retrata al pueblo ayoreo que después de salir del monte en los años ’70 sigue practicando sus tradiciones ancestrales: la fabricación de bolsas y de polleras (trabajo de las mujeres); el arte plumario, la caza, la fabricación de armas y de indumentarias utilizadas para ir a la caza o en tiempos de guerra entre otros grupos o personas (trabajo de los hombres). Una gran parte de esta «artesanía» tradicional está puesta a la venta como para aliviar —aunque sea en algo—, la difícil situación actual de los pueblos indígenas. Debido a su contacto con las órdenes religiosas, la fiesta de «Asoja», realizada en la primavera —cuando la naturaleza se despierta y aparece el pájaro Asoja—, tan importante para los ayoreo, ha quedado solo en la memoria y las canciones de los antiguos.

En esta exposición presentamos la obra del renombrado dibujante ishir (chamacoco), Flores Balbuena, mejor conocido como Ogwa. Después del fortuito encuentro que Lucy Yegros y yo tuvimos con él en el puerto de Asunción a bordo del Carlos Antonio López en enero de 1995, justo antes de zarpar hacia el pantanal, Ogwa fue un visitante regular de mi galería asuncena (Galería de Pintura Naïf y Arte Primitivo), donde expuso en ese mismo año.

Sus frecuentes llegadas a mi puerta, casi siempre con historias de desgracia —aunque con esa gran sonrisa que le caracterizaba que iluminaba como el sol su bien parecida cara—, me permitió coleccionar una buena cantidad de excelentes obras del artista. Años después, cuando me había mudado a Areguá, apareció Ogwa en mi casa pidiéndome que canjee los dibujos viejos de mi colección por dibujos nuevos que él traía debajo del brazo. Con la pérdida de la vista y, seguramente la necesidad, Ogwa había optado por esta solución para complacer los pedidos en la capital.

Lógicamente, no acepté su propuesta. En 2008, después de una enfermedad, tristemente falleció Ogwa, dejando un enorme vacío, no solo para su familia, sino para todos los que le apreciamos a él y a sus fantásticas pinturas. Felizmente, algunos miembros de su familia siguen en sus pasos. Sin duda, las pinturas de su nieta, Salmi Balbuena, aunque con una paleta mucho más vibrante —o al menos más que la de las primeras obras de Ogwa cuando su soporte todavía era el papel—, tienen un ritmo y una fuerza dignos de su precursor.

Los trabajos de su hijo, Rubén Balbuena, también llevan la estampa familiar a través de las figuras de los mitos o los chamanes puestos dentro de unos idílicos paisajes chaqueños.

Pero, aunque su paleta es más parecida a la de Ogwa y que sea muy importante continuar con la labor de su papá, quien a través de sus cuadros nos permitió y nos permite entrar al místico y misterioso mundo de los ishir, a Rubén todavía le falta esa fuerza de torbellino espontáneo obtenida por su ilustre padre en sus valiosos y múltiples dibujos y pinturas.

Por último, es con mucho orgullo que presentamos una serie de dibujos que fueron realizados especialmente para mí por el cacique ishir, Bruno Barras, en los años ’90 bajo la supervisión del muy querido José Antonio Gómez Perasso. Las audaces y meticulosamente elaboradas figuras de Bruno Barras, puestas en línea o grupalmente sobre la página, no compiten con nada: ni los árboles, ni el río, ni el cielo… Están absolutamente solas sobre las blancas páginas, valiéndose por sí mismas con una belleza propia y son los seres mitológicos (Eshynwyrta, Hnemur, Pohochuwo, Phauchata, Hüwakaka, Woo, Hnupuputa, Put, Los keimo, Aata y Shyhnymich), los seres representados todos los años durante el debylyby, el festejo de los chamacoco.

El Centro Cultural del Lago agradece muy especialmente a Verena Regehr (Neuland) por brindar su tiempo para curar los dibujos realizados en bolígrafo por los artistas guarayo (guaraní) y nivaclé para esta exposición. Los últimos dibujos fueron todo un experimento, ya que varios de los artistas dejaron su habitual bolígrafo negro y se animaron a incorporar color a sus dibujos. Verena seleccionó las tablas pintadas y los grabados que también forman parte de la muestra así demostrando el amplio repertorio artístico de estos talentosos artistas del Chaco central.

Nuestros agradecimientos también a Vera Regehr por brindarnos las fotografías y los textos sobre los artistas.

Nuestros agradecimientos van finalmente para la critica de arte Adriana Almada por autorizar la reproducción de un texto suyo del año 2002, y al antropólogo Alfonso Otaegui por compartir con nosotros sus conocimientos sobre los fascinantes ayoreo, llamados —no hace mucho por algunos—, los temidos “moros” del infierno verde.

/Ysanne Gayet

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