El discreto papel de Israel en la crisis de los refugiados sirios

Israel, desde su compleja posición de nación vecina y enfrentada con Siria, mantiene una política de no interferencia en la guerra y un discreto papel en la crisis de los refugiados, con atención médica a los heridos que llegan a la frontera y ayuda humanitaria anónima.

El discreto papel de Israel en la crisis de los refugiados sirios


Los soldados israelíes en los Altos del Golán, frontera con Siria desde la Guerra de los Seis Días (1967), tienen la consigna de ejercer absoluta contención para evitar una escalada regional de la cruenta guerra civil que se libra a pocos kilómetros de sus bases.

“A veces caen cohetes en nuestro territorio. Algunos producto de la guerra, otros para provocarnos. Pero hacemos lo posible para no reaccionar. Nuestra misión es no interferir y estar en guardia para asegurarnos de que nada de esa guerra llega a Israel”, explica a Efe un joven oficial del Ejército israelí, que prefiere no ser identificado, en uno de los puntos más altos del monte Hermón.

Esta cumbre, a 2.814 metros sobre el nivel del mar, es frontera entre Siria, Líbano e Israel desde que Israel ocupó -sin reconocimiento internacional- los sectores sirios de la montaña en la Guerra de los Seis Días de 1967, junto a gran parte de los Altos del Golán.

“Hay dos amenazas centrales en esta zona. Por un lado, la total inestabilidad en Siria, donde el grupo que controla una zona puede cambiar en cuestión de horas. Por otro, las organizaciones extremistas tanto en Siria como en Líbano”, explica a Efe una portavoz militar israelí.

Los soldados israelíes en la frontera con Siria están jugando otro papel menos conocido en la guerra que asuela el país vecino: son los que recogen a los heridos que se acercan a la frontera, más de 1.700 desde 2013.

En función de la gravedad de las heridas, los soldados deciden si los atiende el médico de la base militar o si es necesario trasladarlos a un hospital público.

“Se les acepta sin preguntar a qué grupo pertenecen, no se conocen los perfiles de los que llegan, pero muchos son niños que se quedan meses en nuestros hospitales. Después, son devueltos a su país”, explica a Efe Nir Boms, profesor de estudios de Oriente Próximo en la Universidad de Tel Aviv.

Este académico ha participado activamente en el movimiento ciudadano de ayuda a la población siria que comenzó en Israel en marzo del 2012, una contribución que en muchos casos ha tenido que ser anónima para garantizar su traslado y aceptación.

“Yo mismo tuve que cortar pegatinas que identificaban la ayuda como israelí. En el momento en que tocas Israel tienes que lidiar con sensibilidades en algún punto”, señala el profesor.

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, rechazó recientemente la posibilidad de que el país acoja a refugiados de la guerra de Siria, con el argumento de que es una nación “pequeña” que debe defenderse del “terrorismo”.

El líder de la oposición, el laborista Isaac Herzog, había pedido al Gobierno que autorice la entrada de refugiados sirios porque, a su juicio, “los judíos no pueden ver con indiferencia cómo cientos de miles de refugiados buscan un lugar seguro”.

“Pocos o ninguno han deseado hasta ahora quedarse en Israel. Muchos tienen un shock al despertar en el hospital y saber que están aquí. Les han lavado el cerebro con propaganda antiisraelí, y tienen una visión satánica del país”, cuenta a Efe Yigal Palmor, director de comunicación de la Agencia Judía, órgano gubernamental encargado de la inmigración judía hacia Israel.

Hay una comunidad en Israel para la que la guerra en Siria es especialmente dolorosa: son los drusos, una minoría religiosa que habita principalmente en esos dos países, Líbano y Jordania.

La mayoría de los habitantes de Majdal Shams, un pueblo situado a los pies del monte Hermón, son drusos de origen sirio, la mayor comunidad en el territorio ocupado por Israel desde 1967.

“Estamos acostumbrados a estar cerca de las bombas. Oímos el ‘bum, bum, bum’ pero nada cae aquí. No estamos asustados, estamos indignados con lo que está pasando allí (en Siria)”, relata a Efe Mona, una drusa de mediana edad que regenta un restaurante casero en esta población fronteriza.

“Nuestras familias están allí, pero no quieren venir. Se quieren quedar en su lugar. Así es como somos nosotros”, explica, en referencia al característico apego de los drusos a su tierra y su hogar.

Cuando se pregunta a los israelíes de otros puntos del país, como Jerusalén, Tel Aviv o Sderot, sobre el papel en la crisis de los refugiados sirios, las respuestas navegan entre la empatía de un pueblo que conoce bien lo que es huir sin mirar atrás y el miedo en los huesos a nuevos episodios de terrorismo y violencia.

Cristina García Casado – EFE

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