Los africanos que reniegan de Europa y cruzan la selva panameña rumbo EE.UU.

Abdi Wahab Alí Osman se recupera poco a poco de las heridas que le dejó la selva. Sabe que hay algunas que no cicatrizarán nunca.

Los africanos que reniegan de Europa y cruzan la selva panameña rumbo EE.UU.


Deambuló diez días perdido por El Darién, un territorio inhóspito y hostil de 20.700 metros cuadrados que hace de frontera natural entre Colombia y Panamá, sin comida, sin agua, sin rumbo. Las autoridades panameñas le encontraron cuando las piernas casi no le respondían y yacía semiinconsciente sobre la maleza, con el cuerpo lleno de tajos, rasguños y picaduras.

“Estuve a punto de morir. Esa jungla es un infierno. Necesito medicinas, vitaminas, pero no me las dan”, cuenta a Efe este somalí de 29 años mientras descansa encogido sobre un mugriento banco del centro de retención Masdi, en la pequeña ciudad de Metetí, a las afueras del Darién.

Alí Osman es uno de los 708 africanos que en lo que va de año han cruzado la selva del Darién en busca del “sueño americano” y huyendo del cementerio en el que se han convertido las aguas del Mediterráneo.

“Estados Unidos es mejor que Europa, hay más oportunidades para nosotros y es mucho más seguro. El mar (Mediterráneo) y el desierto del Sáhara (en Marruecos) son tremendamente peligrosos”, reconoce, por su parte, en un perfecto inglés un joven eritreo de ojos grandes y mirada cansada que prefiere no dar su nombre.

En solo un año el número de inmigrantes procedentes de África que han pasado de manera ilegal por Panamá en dirección a Estados Unidos ha aumentado en un 134 %.

La crisis migratoria y económica que afecta a Europa y la política de puertas abiertas de algunos países latinoamericanos, como Ecuador, están detrás de este repunte “abismal” de inmigrantes, como explica el director general del Servicio Nacional de Fronteras de Panamá (Senafront), Frank Ábrego.

La gran mayoría de los africanos que pasan por el istmo centroamericano son hombres que proceden de Somalia, un Estado fallido vapuleado por la hambruna y el terrorismo islamista.

“¿Por qué me fui de Somalia? ¿No has visto las noticias? Es el país más peligroso del mundo. Llevamos 25 años sin Gobierno”, denuncia el joven Abdi Aziz Salad.

Las mafias les suelen cobrar entre 3.000 y 4.000 dólares por los billetes de avión a Brasil o Ecuador. En la frontera entre Colombia y Panamá se topan con la inmensidad del Darién, una selva que carece de carreteras y que tienen que cruzar a pie durante cuatro o cinco días.

“Los guías (que las mafias contratan para dirigir a los inmigrantes por la jungla) no esperan a nadie”, dice un joven somalí de apenas 18 años que “no quiere problemas” y rechaza dar su nombre.

Muchos se quedan en la travesía, derrotados por la fatiga y las inclemencias de uno de los bosques tropicales más húmedos del mundo, que durante mucho tiempo estuvo bajo el dominio de los narcotraficantes y la guerrilla colombiana, y en el que habitan cerca de 50.000 personas, la mayoría indígenas.

El mes pasado, cinco ciudadanos de Ghana perdieron la vida al cruzar un río.

“Encontramos con cierta frecuencia cuerpos comidos por las rapaces”, confiesa el director del Senafront.

Los inmigrantes suelen ser encontrados por los agentes, quienes reparten a los hallados con vida en tres albergues que dependen de este cuerpo de seguridad que, aunque no tiene estatus de Fuerza Armada, es lo que más se le parece a un ejército en el país.

“Si este campo (el de Metetí) te parece el infierno, no sabes como son los otros, los que están más metidos en la selva. No nos daban ni comida nos la teníamos que comprar nosotros”, dice Mohammed Razak.

Los africanos no son ni mucho menos los únicos que habitan este centro de retención, lúgubre y cochambroso. En el barracón del fondo un grupo de jóvenes nepalíes vestidos con harapos miran absortos el despliegue de cámaras y trípodes de los periodistas que les visitan.

No hablan inglés ni francés, por lo que resulta prácticamente imposible comunicarse con ellos. Durante una conversación macarrónica de apenas unos minutos, dan a entender que escaparon de la desolación que dejó el terremoto del pasado mes de abril.

Según los datos del Senafront, en las dos últimas semanas de julio cruzaron el Darién 215 nepalíes, 150 más que durante el mismo periodo de 2014.

Por lo general, los inmigrantes no suelen quedarse más de una semana en Panamá. Cuando el Servicio Nacional de Migración comprueba su documentación (si es que la tienen), se les traslada a la capital y “se les deja seguir su camino”.

“No se les deporta porque es difícil hacerlo, sus países de origen no tiene representación diplomática en Panamá y el proceso se vuelve complicado. Además son personas en tránsito, así que se les deja ir”, explica a Efe el supervisor de migración de las regiones de Darién y San Blas, Domingo Flores.

Los inmigrantes del centro de Metetí cuentan con alivio que han dejado atrás la selva panameña, convencidos de que el camino está ya prácticamente hecho. Pero lo cierto es que lo peor está por llegar: aún les queda adentrarse en el Triángulo Norte de Centroamérica y cruzar la violenta frontera mexicana. EFE

Ningún Comentario

Deja un comentario