Argelia, un futuro incierto que siembra dudas en Europa y el norte de África

Rodeado por un grupo de amigos en la plaza de la “Grand Poste”, Hedi, 24 años, admite que su objetivo es lograr una residencia en Europa que le permita “estar preparado si la cosa empeora aún más”.


La noche ha caído sobre la capital y el cielo se llena de fuegos de colores en recuerdo del 53 aniversario de la independencia que celebra hoy Argelia, país clave para la estabilidad del norte de África y de Europa que se debate en la incertidumbre que arrojan su débil economía y la misteriosa salud de su presidente, Abdelaziz Buteflika.

“Los jóvenes no tenemos mucho que hacer. Hay mucho paro y pocas oportunidades de futuro”, explica a Efe Hedi, que prefiere no revelar su apellido.

A su lado, el resto asiente y relata historias muy parecidas: la mayoría han estudiado y sobreviven con trabajos precarios en una sociedad altamente burocratizada donde el Estado es uno de los principales empleadores y la economía se sostiene a base de grandes subvenciones estatales.

Un sistema postsocialista que hasta la fecha había funcionado sin grandes sobresaltos gracias a la salud del mercado de petróleo y gas, materias primas que suponen el 90 % de la exportación argelina.

Pero que con la abrupta caída de los precios ha comenzado a ofrecer los primeros síntomas de una enfermedad grave y crónica, para desmayo de sus vecinos en el continente y el otro lado del Mediterráneo.

“Los presupuestos se hicieron con el precio del barril en torno a 90 euros la unidad. Ahora no se paga ni a la mitad”, recuerda a Efe un diplomático europeo.

“Argelia necesita diversificar su economía, atraer inversión del exterior. Lo necesitan ellos y lo necesitamos nosotros”, agrega.

Parte de esa riqueza energética alimenta a España, país que recibe el 55 % del gas y del petróleo que consume a través de dos gasoductos.

El Gobierno español promueve un plan para que Argelia se convierta en la alternativa energética al suministro ucraniano, una opción que si bien parece lógica se ve con reticencia entre los socios europeos ante el riesgo de inestabilidad que se observa.

Dos son los factores principales: el precario estado de salud del presidente -en el poder desde 1999- y el auge del yihadismo en el país y en la región.

Nadie sabe a ciencia cierta cual es el verdadero estado físico de Buteflika, quien en 2013 sufrió un accidente cardiovascular y desde entonces ha tenido que ser hospitalizado en al menos dos ocasiones en Francia.

El último líder europeo en visitarlo y hablar públicamente de su estado de salud fue el mes pasado el presidente francés, Françóis Hollande, quien afirmó que aunque tiene “problemas para desplazarse” se mantiene lúcido.

Ese mismo día, y en una entrevista concedida a Efe, el que fuera primer ministro y principal rival de Buteflika en las elecciones de 2014, Ali Benflis, aseguró que “la gente no sabe quien gobierna en Argelia” y que el país “carece de democracia”.

El propio mandatario, de 78 años, admitió este sábado, en un discurso difundido a la nación, que su salud es precaria pero prometió “cumplir hasta el final con el mandato que se me dio en las urnas”.

“Pese a mi actual situación física, estoy determinado a cumplir con mi tarea con la ayuda de Dios”, dijo Buteflika en respuesta a la oposición, que le exige desde hace meses renunciar y convocar nuevas elecciones.

El presidente fue incluso más allá y les conminó a unirse en el proceso de reformas, incluida la de la Constitución, que dijo está a punto de completar.

Al igual que la mayoría de países árabes, Argelia sufrió en 2011 el latigazo de las primaveras árabes, con protestas populares que fueron reprimidas por la policía y que exigían reformas económicas y políticas.

Además de recurrir a la ley de emergencia, Buteflika puso en marcha en 2011 un paquete de medidas que incluía cambios en la ley electoral, la ley de partidos y de asociación y subida de sueldos, que aún no han cuajado.

En este ambiente, la amenaza islamista radical ha vuelto también a florecer, empujada por la inestabilidad yihadista que viven sus vecinos del sureste: Libia, Mali y Túnez.

Solo en los últimos dos meses, las autoridades argelinas han informado de la muerte de más de 30 presuntos terroristas en áreas cercanas a la frontera y en la Cabilia, a escasos cien kilómetros de la capital.

Una situación que preocupa ya que gran parte de los yacimientos de petróleo y gas se sitúan en áreas del desierto de difícil defensa en las que la actividad de la Organización de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) tiene una importante presencia, como demostró el ataque en 2013 a la planta de In Amenas.

Javier Martín – EFE

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