Futuras embajadas, listas para cambiar la historia de Cuba-EEUU

La ex embajada de EEUU ubicada sobre el malecón habanero y el elegante edificio estilo francés que Cuba tiene en Washington grafican la cercanía de un momento histórico: el de la reapertura de las respectivas embajadas de EEUU y Cuba.

Futuras embajadas, listas para cambiar la historia de Cuba-EEUU

La foto del jardín de la Oficina de Intereses de Cuba en Washington, con el mástil instalado el miércoles último, grafica la cercanía en el tiempo de un momento histórico: el de la reapertura de las respectivas embajadas de Estados Unidos y Cuba en La Habana y en la capital estadounidense, uno de los momentos claves de las reiniciadas relaciones.

La foto del jardín de la Oficina de Intereses de Cuba en Washington, con el mástil instalado el miércoles último, grafica como pocas la cercanía en el tiempo de un momento histórico: el de la reapertura de las respectivas embajadas de Estados Unidos y Cuba en La Habana y en la capital estadounidense, uno de los momentos claves de las reiniciadas relaciones.

La ex embajada de EEUU ubicada sobre el malecón habanero, al borde del mar, y el elegante edificio estilo francés que Cuba tiene en el Barrio Latino de Washington dejarán de ser pronto Oficinas de Sección de Intereses para volver a ser, como hace más de 50 años, sus formales representaciones diplomáticas.

El paso representará -seguramente junto al levantamiento del bloqueo a Cuba- la instancia crucial de la etapa de conversaciones que las administraciones de Barack Obama y Raúl Castro anunciaron en simultáneo el último 17 de diciembre.

Esas negociaciones generaron rondas de conversaciones y ya permitieron la liberación y entrega de presos, la salida de La Habana de la lista de patrocinadores del terrorismo y viajes de empresarios para explorar inversiones en Cuba.

EEUU tenía en La Habana Vieja, desde 1918, un imponente edificio (8 cuartos, 7 baños, 3 cocinas, jardines) entre cuyos ocupantes estuvo un viejo conocido en la Argentina: Spruille Braden. Como la zona no parecía apropiada para una representación diplomática, compró el predio frente al mar que será pronto embajada.

Seguramente cuando los arquitectos estadounidenses Max Abramovitz y Wallace Harrison -que habían intervenido en el diseño del Lincoln Center- construyeron la nueva embajada en La Habana, inaugurada en 1953, no supusieron que estarían trabajando en oficinas que terminarían sus tareas apenas una década más tarde.

El dictador Fulgencio Batista, un aliado de Washington, gobernaba la isla cuando se edificó la sede de siete plantas, de estilo modernista.

Se cuenta que en la madrugada del 1 de enero de 1959, cuando Batista huyó del país, el entonces embajador estadounidense lidiaba con miles de conciudadanos que trataban de abordar aviones, ferris y yates para regresar a EEUU por el temor al inicio de combates en La Habana.

Una narración publicada en Estados Unidos hace algunos años, consignada por agencias internacionales, estimó que al amanecer del primer día del ’59 en la embajada se albergaban 7.839 residentes y 1.300 turistas “americanos”.

Diplomáticos helvéticos resguardaron el lugar hasta 1977, cuando, como parte del acercamiento de la administración de Jimmy Carter, se abrió la Sección de Intereses de los Estados Unidos en la Embajada de Suiza -que actúa como una suerte de protector-. En lo formal, sus funciones son similares a las de cualquier representación el país en el exterior, con alto grado de independencia y operatividad.

En marzo de 1960 el presidente Dwight Eisenhower aprobó el programa de acción encubierta contra Cuba en busca de erosionar a la por entonces flamante Revolución, y en enero de 1961 directamente EEUU rompió relaciones con la isla. Tres meses después ocurrió la invasión a Playa Girón.

La Oficina que antes fue embajada fue usada en muchas oportunidades para convocar y promover actividades de subversión interna en Cuba, en abierta violación de las leyes que rigen el comportamiento diplomático.

Fue destino, también, de gigantescas manifestaciones de cubanos, entre ellas la que reclamó el regreso a la isla de “balserito” Elián González en el 2000, motivo de una grave disputa entre los dos países.

En el lugar se libraron también batallas simbólicas: en el 2004 las autoridades de la Sección de Intereses pusieron carteles gigantes con un muñeco de nieve, un trineo y un enorme 75, el número de disidentes que habían sido condenados el año antes, y ante el rechazo al retiro, el gobierno cubano replicó con dos grandes vallas en las que se desplegó fotos de las torturas y los crímenes contra la población civil llevadas a cabo por las fuerzas de ocupación estadounidenses en Irak.

La guerra simbólica siguió dos años después: en enero del 2006, la Oficina estadounidense comenzó a exhibir en paneles gigantes artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos y Cuba respondió con la creación del llamado Monte de las Banderas, una plaza seca en la que se instalaron 132 banderas negras, una por cada víctima de atentados que el castrismo atribuye a la CIA.

Frente al edificio, Cuba renombró la zona como la Plaza Antiimperialista y hasta emplazó en el centro una estatua el héroe nacional José Martí, que parece acusar con su brazo extendido hacia la sede estadounidense. Los habaneros suelen hablar del lugar como “el Protestómetro”, que hasta fue escenario de las presentaciones de los australianos Air Supply y los norteamericanos de Audioslave.

Lo que no se modificó todavía es la lista de objetivos que figura en su sitio web, y por eso incluye, entre otros, los de “promover una transición pacífica al sistema democrático basado en el respeto a la ley y a los derechos humanos individuales y abrir sistemas económicos y de comunicación”.

Varios kilómetros al norte, en Columbia Heights, una suerte de barrio latino de Washington, a unos 3 kilómetros de la casa Blanca y rodeada de casa de comidas que reflejan la presencia de migrantes del sur, se alza en un edificio de estilo francés la Oficina de Intereses de Cuba.

El mes pasado, la Sección de Intereses cubana logró regularizar su situación bancaria en Estados Unidos al firmar un acuerdo con el banco Stonegate de Florida, después de más de un año sin una entidad con la que hacer sus operaciones.

También acá Suiza opera como resguardo de la representación cubana, por lo que otra tarea cuando se formalice la reapertura de las embajadas será la del cambio de la placa de ingreso en la amplia casona, que ahora exhibe el mástil para la futura bandera cubana.

El edificio, que en documentos de los Archivos Históricos de Washington es citado como “una de las residencias más imponentes y enigmáticas” de la calle 16, fue levantado en 1917 para el médico Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, por entonces ministro cubano en EEUU (no había embajadores), basado en un diseño de una villa italiana del siglo XVIII en la que había vivido la familia de su esposa.

La casona, sin embargo, es de estilo francés, y el propio Céspedes contrató a la firma de arquitectos MacNeil y MacNeil. “El clasicismo pertenece a todo el mundo”, le dijo entonces el diplomático a The Washington Post, en noviembre de 1916.

El Post anunció por ese año que el edificio tendría una fachada flanqueada por dos pequeñas torres y ventanas de medio arco, con un interior en el que abundaría el mármol blanco y en el exterior piedra caliza de Indiana. Una escalera desde el recibidor daría paso a los tres niveles de la casa, coronada por una cúpula de cristal.

En 1923 la legación (cuando se tiene ministro y no embajador) se transformó en embajada, y desde entonces tuvo varias renovaciones, la última en 1958. Cuba recién recuperó el edificio en 1977 -igual que pasó con la sede estadounidense en La Habana-, primero bajo la guarda de Checoslovaquia y luego de Suiza.

Hoy, en el ingreso del imponente edifico se ven trabajos de albañiles. Hay grúas y trabajadores, porque se construye una rampa y el estacionamiento.

Pronto, de uno y otro lado del mar, a 1826 kilómetros, las banderas (ambas con franjas, estrellas y de colores idénticos) flamearán para marcar una nueva etapa no solo en la historia bilateral, sino en la de todo el mundo./Télam

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