Un sueño que no llegó a tierra

Una travesía en barco. Eso duraban los sueños de miles de chicas judías que emigraron a Argentina a principios del siglo pasado y que, al llegar a tierra, sólo encontraron engaños, prostitución y abusos, una dura historia que el director argentino Mario Caligaris lleva ahora al teatro musical.

Un sueño que no llegó a tierra

“Las polacas: las muchachas judías de Buenos Aires” es un relato poético y preciosista sobre la dramática realidad que encontraron en Argentina jóvenes como Rachela, la protagonista, vendida por su propia madre a un empresario porteño por no más de lo que entonces costaban en Polonia un par de cobijas.

Conmovedoras melodías eslavas y apasionados tangos argentinos se funden en el escenario del Teatro Hispano GALA de Washington, que presentó la obra anoche con un gran éxito de público y la tendrá en cartel hasta el 28 de junio.

Como una suerte de antes y después, la inocente Rachela (Samantha Dockser) comparte escenario con Margot (Ana Fontán), inmigrante polaca como ella pero a la que sus muchos años de mala vida en Buenos Aires le han dado, además de un perfecto acento porteño, coraza y hasta humor para soportar su desgracia.

Margot pone la nota de irreverencia y sarcasmo en una obra con momentos de fuerte carga dramática. Los dos personajes muestran la evolución desde las ilusiones de la llegada al choque con la realidad, la búsqueda de una salida y, finalmente, la resignación.

“La obra cuenta una historia de la que no se habla en Argentina, el drama de miles de emigrantes judías forzadas a prostituirse. Con esa historia se cuenta otra, desgraciadamente muy vigente, que es el problema de la trata de blancas en todo el mundo”, comentó a Efe la actriz argentina Ana Fontán.

La organización Zwi Migdal comerció entre 1860 y 1939 con miles de jóvenes judías de aldeas pobres del este de Europa a las que se engañaba con supuestos trabajos en casas de judíos ricos en Buenos Aires o pudientes maridos que no acabarían siendo otra cosa que sus proxenetas.

“Las polacas” transcurre entre la Polonia de 1917 y el Buenos Aires de 1923, los años de apogeo de la organización, que en la década de los años veinte llegó a tener 430 proxenetas, 2.000 burdeles y más de 30.000 esclavas sexuales en Argentina.

Rachela quería cantar. Otras jóvenes tenían otros sueños: salir de sus pueblos, aspirar a una vida mejor, huir de la miseria.

Como Rachela y Margot, la mayoría de ellas nunca lo consiguieron y tampoco pudieron volver a sus países. Las que quisieron huir o se negaron a prostituirse recibieron palizas y fueron enviadas a trabajar a las casas de las provincias.

Sus “diablos” eran hombres como Schlomo (Martín Ruiz), influyentes, avariciosos y sin ningún tipo de escrúpulos, que se dedicaron a comerciar con vidas ajenas y a pisotear los sueños que ellos mismos habían dibujado a miles de jóvenes.

A la dramática situación se sumaba la impotencia de no conocer bien el español, una angustia que la estadounidense Samantha Dockser transmite a la perfección en sus cantos desesperados de libertad.

“Nos propusimos hacerla bilingüe para poder mostrar el desamparo que significa tener que hacerse oír y reclamar justicia en una lengua que nos es extraña, cuando no hostil”, explica Caligaris en el libreto.

En español, inglés, con subtítulos, con personajes de distintas culturas, con diferentes acentos y apariencias, el espectador asiste a una obra donde la fuerza reside precisamente en esa amalgama poética conducida por una expresiva musicalidad y acompañada por una cuidada escenografía.

“Las polacas”, con texto de Patricia Suárez-Cohen y música y letras de Mariano Vales (ambos argentinos), ha tenido su estreno mundial en Washington, donde podrá verse hasta el 28 de junio, y de momento no está previsto que viaje a otras ciudades.

Cristina García Casado –  EFE

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