Indígenas colombianos ganan terreno con el café espiritual

En las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, la montaña más alta del mundo frente al mar, comunidades indígenas de Colombia han ganado terreno a la ilegalidad para producir un café suave con un modelo basado en la espiritualidad y el respeto a la naturaleza.

Para conseguirlo, los indígenas kogui, uno de los cuatro pueblos que habitan la sierra junto con los arhuacos, wiwas o arzarios y kankuamos, controlan todo el proceso productivo, incluso participan en la exportación a Alemania y Estados Unidos.

Los koguis aclaran que no se trata de un café orgánico, sino de un producto cien por ciento natural en el que no se aplica ningún químico y que respeta las leyes de sus padres espirituales que son transmitidas de generación en generación.

“La diferencia entre los dos (el orgánico y el silvestre) es por la forma en que nosotros producimos, aplicando los cuatro ejes principales: espiritualidad, conservación, semilla tradicional y, desde la producción hasta el producto final, el manejo por los pueblos indígenas“, explica Arregocés Coronado, líder de la comunidad a un grupo de periodistas en una visita a Domingueka.

El café llegó a las estribaciones de la Sierra Nevada hace cerca de medio siglo llevado por colonos que habían obligado a los pueblos nativos a replegarse hacia las partes más altas de la montaña que se levanta imponente frente al mar Caribe, hasta los 5.775 metros del pico Colón.

En la cosmovisión de los kogui, Kalache, padre espiritual de los árboles, les mandó el café de la variedad arábiga a su territorio por alguna razón y como tal deben respetarlo.

Por eso la siembra no sigue las técnicas aplicadas en el resto del país, sino que es algo aleatorio y las semillas son consideradas una dádiva de su padre espiritual, razón por la cual se han resistido a cualquier intento de renovación.

“No cambiamos las semillas porque las autoridades tradicionales dicen que no se puede cambiar. Al cambiarlas de pronto puede venir una semilla injertada, manipulada por las personas; es mejor no cambiarlas, tiene que ser la semilla tradicional, así como nuestros padres ancestrales nos entregaron”, explica Coronado.

Domingueka, donde habitan más de 50 familias, es un caserío que forma parte del lugar donde viven los kogui, formado por chozas circulares de paredes de barro, pisos de tierra y techos de palma en el que no se observa ningún elemento moderno o ajeno a su cultura.

El acceso se hace por una trocha de unos 20 kilómetros que parte de Mingueo, un caserío del municipio de Dibulla, en el departamento de La Guajira, un recorrido que puede tardar en hacerse dos horas por las dificultades que presenta el camino, prácticamente intransitable hasta para los vehículos todoterreno.

“Domingueka es un pueblo fronterizo para poder estar en contacto con las autoridades tradicionales, con los gobiernos indígenas, con los gobiernos no indígenas“, explica Coronado, quien hace de enlace entre su comunidad y el resto del mundo y compagina la tradición de los kogui con sus estudios de Administración en una universidad de la ciudad de Santa Marta.

El cultivo del café fue la alternativa que los indígenas encontraron, con el apoyo del Ministerio de Justicia y del plan Consolidación Territorial, para recuperar las tierras que a lo largo de décadas les arrebataron los colonos y narcotraficantes para sembrar marihuana y coca.

Con un plan puesto en marcha en 2007, el Gobierno financió la compra de tierras que estaban en manos de colonos, y los indígenas se encargaron de erradicar las plantaciones ilegales para sembrar en su lugar café y otros productos para su subsistencia, explica Jorge Mario Ramírez, asesor en el desarrollo empresarial de los kogui.

“El modelo fue exitoso porque respetó la tradición del pueblo. Cuando se entiende esa dinámica sociocultural todo empieza a tener sentido”, manifiesta.

La cosecha de los indígenas es de unas 300 toneladas de café, de las cuales exportan el 20 % en forma de grano pergamino, verde y tostado, y venden su producto en 80 tiendas de cuatro grandes almacenes de cadena del país bajo las marcas “Kogi”, “Teyuna” y “Gonawindúa”.

El dinero obtenido con este desarrollo alternativo lo utilizan para comprar más tierras en las partes bajas de la Sierra Nevada, donde el 30 % del terreno se destina a la producción y el 70 % a la conservación.

Y la coca quedó reducida a una pequeña plantación en cada comunidad para el consumo de sus miembros en un ritual constante llamado “mambeo”, consistente en la ingestión de la hoja previamente mezclada con polvo de nácar en un poporo (recipiente) de la que se extrae con un palillo.

Según Coronado, esta es “una identidad cultural” pues desde un principio “la madre ancestral nos entregó el ‘hayo’ (coca) para poder estar haciendo el poporeo, el mambeo”, práctica “para estar en el pensamiento concentrado con la madre espiritual“.

EFE

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