Dime con quién chateas y te diré quien eres…

Hoy estaba pensando respecto a las relaciones interpersonales en este mundo moderno. Alguien me dijo que a los adultos tal vez nos parece extraño establecer relaciones humanas íntegramente a través del celular o las redes sociales, ya que todavía sentimos que para conectar con el otro, tiene que haber un encuentro presencial y construir la relación a partir de esa base. Pero los jóvenes están acostumbrados a que sus relaciones en muchos casos sean netamente virtuales. Inclusive los noviazgos entre los púberes se basan en extensas conversaciones de texto y emoticones, donde inclusive los emoticones conllevan una carga cognitiva y emotiva mayor que el de las propias palabras. Inclusive pueden estar semanas o meses sin verse, ya que no salen de sus casas o no coinciden con su noviecito/a, pero consideran tener una relación estable a través del celular.

Y tal vez sea cierto que así lo sientan y sea suficiente para ellos. Yo, por mi parte, siempre he sido un tecnólogo y adelantado a mi tiempo en este tipo de cosas, pero sin embargo, coincido en que este nuevo tipo de relación que es natural para los jóvenes, es una banalización, trivialización y simplificación de las verdaderas relaciones sociales. Obviamente que es mucho más sencillo relacionarse de esta forma, cuando uno quiere, donde uno quiere, según su comodidad, pero la vida no funciona realmente de esa manera. Se construye una barrera ilusoria donde cada uno se comunica de la manera que le place cuando le place, y manteniendo la distancia que le parezca adecuada para cada caso.

El texto, obviamente, permite acercamientos subrepticios, así como alejamientos evitando enojos. Es fácil decir las cosas de una manera que tengan doble sentido, lo que asegura no quedar mal, pero al mismo tiempo esperar una respuesta oportuna en una u otra dirección, que permita el acercamiento esperado, o que pueda interpretarse en otra manera si la otra persona no tiene interés en dicho acercamiento, pero sin sentir que se metió la pata o se sobrepasó alguna línea de respeto entre ambos.

Permite además, conversar de la misma manera y en simultáneo con múltiples personas, teniendo una cierta intimidad con todas, pero en realidad sin tener una verdadera intimidad con ninguna. Superficializamos con todos pero no profundizamos realmente con nadie.

Convertimos de este modo nuestra vida en una fantasía de comunicaciones falsas, de expectativas eternas, de situaciones que tal vez nunca se den, pero que nos cuesta poco trabajo mantener, y por lo tanto no hay por qué dejarlas de lado. Con las relaciones personales reales, físicas, presenciales, no se puede hacer eso, el tiempo se vuelve demasiado valioso, la intimidad falsa de la pantalla se pierde, y uno debería ser claro, conciso y verdadero, lo cual no gusta a las nuevas generaciones.

La verdad es que la vida es todo lo que ocurre fuera de la pantalla del celular o del Facebook, pero los jóvenes, y no tan jóvenes, no se dan cuenta de ello. Dan más importancia a los likes y los chats que a compartir tiempo de calidad con los amigos. Y esto es realmente notorio porque cuando se reúnen con los amigos, se convierten en una masa de zombis sentados que no se miran a la cara sino que están todos hipnotizados por las pantallas de los celulares. Se crea el sentimiento de que siempre lo que está lejos es lo más importante que lo que se está viviendo en ese momento. Es una angustia existencial irresoluble, ya que cuando se junten con esos que estaban lejos con los que chateaban, en vez de disfrutarlos, van a estar frente a la pantalla comunicándose con otros que no están allí en ese momento. Y así en un ciclo infinito. Todo es trivial, vano, simplificado, rápido. Sentimos que tenemos que estar constantemente conectados, y lo hacemos, pero no estamos comunicados. Somos incapaces de transmitir ideas importantes o hablar de cosas profundas, porque los grupos de whatsapp o los posts de Facebook pocas veces lo permiten. Sólo lo trivial y mediocre suele dominarlos, porque es lo fácil, porque evita que pensemos mucho, porque es la forma en la que es preferible comunicarse. Vivimos la memeización de la comunicación, donde los memes simplifican todo al máximo estableciendo una comunicación basada en patrones supuestamente comprendidos por todos, pero que en realidad cada uno entiende como le parece.

Hace tiempo ya que abandoné la mayoría de los grupos de whatsapp por este motivo, se volvieron inútiles, no aportan nada, son una pérdida de tiempo, en muchos casos están llenos de gente maleducada que molesta a cualquier hora, porque piensan que todos estamos al pedo en la madrugada o que no trabajamos durante el día, o que se pasan enviando videos pornográficos densos o decapitaciones de carteles mexicanos. Había épocas que en el famoso “grupo de ex compañeros de colegio”, que todos tenemos, cada vez que miraba la pantalla me encontraba con 435 mensajes, y yo decía “¿Qué pasó?, ¿Será que se murió algiuen?”… Y no, eran mensajes y mensajes de boludeces… Luego dejaba reposar el teléfono 10 minutos, y cuando volvía a mirar: 312 mensajes. Y decía, OK, ahora sí pasó algo grave… Y no, nada, más tonterías… Y así constantemente. Lo cual me mantenía distraído y encima consumía rápidamente la batería, sin contar que cuando estaba fuera del país me consumía los datos de roaming a un costo altísimo.

No digo que estas herramientas tecnológicas no sean sumamente útiles y relevantes, el problema es el uso que se les da, y la cantidad de energía que hay que poner en ellas día tras día, manteniéndonos distraídos, disminuyendo nuestra concentración, nuestra productividad, y destruyendo nuestra capacidad creativa con constantes interrupciones. Yo agradezco que el chat haya desaparecido, al menos ahora puedo tener en silencio el teléfono y nadie me interrumpe mientras trabajo en la PC. Hagan una cuenta rápida de cuánto tiempo invierten en el teléfono cada vez que le echan un vistazo, y cuantas veces al día lo hacen, y se van a dar cuenta que realmente no “les falta tiempo para hacer las cosas”, ni que el día cada vez es más corto, sino que simplemente están mal administrando su tiempo, y dándole preferencia a algo que en muchos casos no aporta nada a su vida.

Mucha gente con la que he hablado coincide conmigo en esto, pero no se animan a dejar los grupos por temor al “castigo social”, esto es, que se los considere desagradables, argeles, o mala onda. Y nadie quiere sentirse excluido. En otros casos no quieren abandonar los grupos por temor a perderse algo, a no enterarse algo importante. Mi teoría es que las cosas importantes no deberían informarse exclusivamente en los grupos de whatsapp, pero bueno, no todos piensan así. Por mi parte, he salido de casi todos los grupos de whatsapp, y ahora me siento tranquilo y productivo. Sólo mantengo los mínimos necesarios. Y me comunico con este medio con personas individuales, pero siempre trato de extender estas relaciones al mundo real. Y el Facebook, en pequeñas dosis, y manteniendo el muro con gente seleccionada, me sirve como fuente de noticias y pensamientos interesantes, así como de relaciones sobre los proyectos y actividades que realizo. Con un poco de autocontrol y filtros, ambas herramientas pueden ser muy útiles.

Finalmente, los dejo con esta frase para reflexionar, que creo que tiene mucho de verdad, en estos tiempos modernos: “Dime con quien chateas, y te diré quién eres”…

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