China quiere abonar el cultivo de transgénicos

Perseguidos por la polémica en gran parte del mundo, los alimentos transgénicos han encontrado en el Gobierno de China, el país que más bocas tiene que alimentar del mundo, un fuerte aliado que está decidido a abonar su cultivo.

China quiere abonar el cultivo de transgénicos

Tras regar con millones de yuanes la investigación sobre transgénicos durante años, Pekín se ha lanzado ahora a divulgar estos cultivos entre su reacia población, con el objetivo de preparar el terreno para una comercialización a gran escala.

“Para China, una producción agrícola sólida no es solamente un asunto económico, es sociopolítico. La dependencia de la importación de comida es vista como un enorme riesgo para su soberanía”, explica a Efe David Matthieu, presidente de la consultora Daxue, que analiza la evolución de, entre otras, la industria agraria del país.

El gigante asiático tiene que sustentar al 22 % de la población mundial -los más de 1.300 millones de habitantes que viven en su territorio- con sólo el 7 % de la superficie cultivable del planeta, aunque sus dirigentes también miran a los transgénicos con buenos ojos por otras razones.

“Los organismos modificados genéticamente -OMG- representan una nueva tecnología, pero también una nueva industria, y tienen amplias perspectivas de desarrollo”, proclamó el presidente chino, Xi Jinping, a finales del año pasado.

Las autoridades chinas ven los cultivos transgénicos como una oportunidad de negocio, como un sector en el que, dadas las restricciones que han impuesto hasta ahora, su mercado doméstico está prácticamente virgen.

China sólo permite la plantación para fines comerciales de algodón y papaya modificados genéticamente, mientras que importa soja -principalmente brasileña, de la que es el mayor comprador-, colza y maíz transgénicos.

Si bien el resto de cultivos transgénicos han estado prohibidos hasta ahora, el gran negocio estará en el arroz, sobre el que los científicos chinos investigan desde hace años, porque es casi una cuestión de Estado en el país más poblado del mundo, el plato que nunca falta en la mesa.

“Debemos investigar e innovar decididamente, dominar las técnicas y no dejar que las compañías extranjeras dominen ese mercado”, alentó el presidente Xi.

Según Matthieu, “la investigación está fuertemente controlada por el Ministerio de Agricultura, el único que puede dar el permiso para cultivar OGM, y de momento poco o nada ha llegado al mercado”.

Los analistas creen que los fabricantes de semillas chinos son demasiado pequeños para competir con gigantes como Monsanto, DuPont o Syngenta y que el Gobierno chino espera a que las firmas estatales sean más competitivas para liberalizar el sector.

El de la biotecnología agrícola fue designado como uno de los sectores de importancia estratégica en el Plan Quinquenal 2011-2015 y el objetivo de Pekín es que en 2020 el número de patentes de semillas triplique al de 2013.

Además, se ha puesto en marcha un plan de concentración empresarial que, entre 2011 y 2013, ya ha reducido el número de compañías nacionales de 8.700 a 5.200.

“Hay, comparativamente, mucha inversión y el interés del Gobierno parece sincero”, asegura Matthieu.

Todos esos proyectos chocan con una barrera: la reticencia de la población a consumir alimentos transgénicos.

“Ya he visto muchas noticias negativas sobre la comida transgénica. Sean verdaderas o no, mejor que no la coma”, dice Eric Wang, un joven emprendedor chino de 35 años.

“Temo que perjudiquen a mi salud”, coincide Luo Chunbao, un funcionario de 56 años.

Son sólo dos casos de opiniones recabadas por Efe contrarias a los transgénicos, aunque hay quienes piensan de otra forma: “No se ha confirmado que la comida transgénica sea dañina y, como no prestamos atención a diferenciar cuál es y cuál no, no me importa comerla”, afirma Zhang Yiqiong, una universitaria de 23 años.

“En general, hay un nivel de conocimiento sobre lo que es exactamente un OMG muy bajo”, indica Matthieu, quien atribuye esta “comprensible desconfianza” al largo historial de intoxicaciones alimentarias y pobres regulaciones de China.

Y el Ministerio de Agricultura chino lleva unas semanas combatiendo ese desconocimiento a través de congresos de divulgación o campañas publicitarias.

Mientras la Unión Europea da luz verde a los países comunitarios para restringir o prohibir los cultivos transgénicos, la potencia asiática, en cambio, está resuelta a fertilizar el terreno para que, cuando autorice su uso comercial, éstos sean una obra de ingeniería genética “Made in China”.

Adrià Calatayud – EFE

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