La Transformación económica y el estamento político

El crecimiento económico de la última década trajo aparejada transformaciones estructurales considerables, con diferentes impactos en la sociedad. Estos cambios, sin embargo, salvo la estabilidad macroeconómica, no han sido acompañados, en gran medida, por las políticas públicas. Este desfase entre el cambio en la economía y las políticas públicas obedece a la debilidad del estamento político, que carece de propuestas programáticas y de la genuina vocación de debatir los temas de interés nacional, limitándose al simple electoralismo y al tráfico de influencias.

La economía paraguaya creció a un ritmo de 5% anual en la última década, de 2004 a 2014, motorizada por el auge de la demanda externa de materias primas. Este crecimiento estuvo fuertemente concentrado en ciertos grupos empresariales y sectores económicos, tales como el agropecuario, el de los servicios y, en menor medida, el de la agroindustria y la industria manufacturera.

En esta etapa tienen lugar el surgimiento de las modernas empresas agropecuarias que utilizan alta tecnología; la expansión acelerada de ocupación territorial, con substitución de rubros de producción en algunos departamentos; la expulsión generalizada de la tradicional agricultura familiar campesina; y, el deterioro del medio ambiente. Sin duda, la creación de la riqueza es importante pero no suficiente. Se expande la economía de mercado impulsada por los servicios pero la competencia no crece porque los nuevos grupos económicos intervienen con fuerte poder monopólico.

Este despegue económico también permitió el surgimiento, asociado con la expansión empresarial y la creación de empleo de mando medio y superior, de una nueva clase media con mayor poder adquisitivo que la típica clase media vinculada al sector público. Este estamento social más independiente de los partidos políticos no constituye hasta ahora una fuerza capaz de incidir en las políticas públicas porque los servicios que demandan no son proveídos por el Estado, pues su capacidad económica le permite adquirirlos en el sector privado.

La expansión económica promovió, además, el surgimiento de nuevos centros urbanos y el fortalecimiento de otros ya existentes. A juzgar por la información sobre geografía económica, con excepción de Encarnación, las ciudades crecen sin ningún plan ordenador urbano, con la consabida derivación de serios problemas como falta de alcantarillado sanitario, vertederos y lugares de esparcimiento en detrimento del bienestar de sus pobladores. Crecer es importante pero no suficiente.

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Otro sector que se expandió considerablemente es el del transporte. El crecimiento económico y demográfico trajo consigo la generalización del uso de medios de transporte privado como motos y vehículos usados por la falta de servicios públicos eficientes de transporte colectivo de pasajeros. La inadecuación del sistema de infraestructura vial, el aumento del parque automotor y la carencia de una planificación del tráfico constituyen serios cuellos de botella que han significado la pérdida de numerosas vidas humanas.

El crecimiento de la población joven y el acceso a la educación secundaria fueron responsables del fuerte aumento de la demanda de educación terciaria, la que se expande en las principales ciudades del interior sin ningún tipo de control de la calidad de la oferta educativa. La eclosión de las universidades sin control estatal es tan peligrosa como su carencia.

El avance de las ocupaciones precarias urbanas y rurales, por su parte, constituyen verdaderas bombas de tiempo que requieren de una cuidadosa planificación para acomodar a la población pobre que demanda empleo y servicios básicos.

Respuestas del estamento político

¿Frente a los cambios mencionados, qué ha hecho la clase política? La falta de previsión y de planificación de las políticas públicas no se puede reducir, únicamente, a la ineficiencia de la burocracia estatal. Este déficit es una consecuencia de la decadencia de los partidos políticos, cuya representación, propuestas y debates se han deteriorado en esta etapa democrática.

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Para que la democracia funcione bien se necesitan partidos políticos que compitan entre sí en ofrecer respuestas a las necesidades del país, que se empeñen en avizorar el futuro y propongan soluciones, cuyos dirigentes surjan de la cantera de pensadores y se conviertan en genuinos representantes del bien común y no se reduzcan a ser simples agentes electorales que juntan votos, consiguen empleos, hacen tráfico de influencias o, peor aún, se prestan a la narco política.

La realidad es que, como no se encargan de formar cuadros para la renovación generacional de su dirigencia, los partidos políticos imponen líderes sin trayectoria, sin formación y de dudosa integridad. Así, con honrosas excepciones, los cargos políticos son ocupados por oportunistas. Si bien fueron sancionadas algunas leyes importantes, los proyectos se originaron en el Poder Ejecutivo y no fueron resultado de debates políticos. Hubo muy pocas iniciativas del Congreso el que, por lo general, está ausente de los debates que debería haber fomentado para resolver los problemas de corto, mediano y largo plazo del país. La política no puede ser remplazada por gerentes de empresas o simples cazadores de votos y caciques locales.

En vísperas de las elecciones municipales, las campañas electorales no concitan el entusiasmo ciudadano porque no incorporan los temas de interés y la forma encarar los retos del crecimiento económico, de solucionar los problemas de las ciudades y de enfrentar los desafíos sociales. El deterioro de los partidos políticos se refleja en ausente diferencia programática e ideológica y produce un efecto en cascada, alejando al sector más pensante de la sociedad de la política. Es hora, pues, de recuperar a los partidos políticos para construir una democracia moderna que pueda acompañar las transformaciones económicas y sociales del Paraguay. Es hora de que los partidos políticos vuelvan a entusiasmar a los electores por sus propuestas y el fuste y la integridad de sus líderes.

Dionisio Borda

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