Xavi Hernández, el cerebro que lo cambió todo

Diecisiete temporadas en la élite del fútbol mundial, veintiséis títulos, 764 partidos con la zamarra azulgrana y 133 participaciones con la selección española: ese el currículum condensado de Xavi Hernández (Terrassa, 1980), que hoy ha anunciado su adiós al F.C.Barcelona.

Xavi es una leyenda que, más allá de las frías estadísticas, será recordado como la brújula que movía los hilos del mejor Barcelona de la historia y de la generación más brillante de la selección española.

Un centrocampista que, a través de su amor incondicional por el balón, se erigió en el epicentro de dos equipos que pasaron de abrazarse al victimismo para justificar sus decepciones, a hablar estrictamente de fútbol, tanto en las victorias como en las derrotas.

A sus 35 años, Xavi -‘Pelopo’ para los que le han conocido en un vestuario- ha decidido desabrocharse el cinturón. Su destino: Catar, donde vivirá el fútbol con más calma, lejos de la presión por ganarlo todo con el Barça.

Será un buen momento para aprender inglés e iniciar su formación como futuro entrenador, una alternativa que nunca ha ocultado que le atrae una vez cuelgue definitivamente las botas.

A pesar de su abultado palmarés (23 títulos de azulgrana y 3 con la selección absoluta), el camino de Xavi por la élite no fue fácil. Después de una rápida progresión en el Barça B (1997-98), con el que logró el ascenso a la Segunda División A, el holandés Louis Van Gaal le dio la alternativa en el verano del 1998.

Fue en Mallorca, en la final de la Supercopa de España, y lo hizo a lo grande, con un gol, el primero de los 86 que ha anotado como azulgrana.

Aquella misma temporada otro tanto suyo ante el Valladolid salvó la cabeza de un cuestionado Van Gaal, que finalmente alzó el trofeo doméstico.

Más allá de sus poco frecuentes goles, los primeros años de Xavi en el primer equipo estuvieron condicionados por las constantes comparaciones con Pep Guardiola, tanto durante la larga lesión del ‘4’ en el año 2000 como después de su marcha (2001).

Cuentan que, tras lograr el Mundial Sub-20 con la selección española (1999), tenía prácticamente cerrado su fichaje por el Milan. El club italiano no solo le mejoraba sustancialmente su salario, sino que le prometía la proyección futbolística soñada para un jugador de 19 años.

Pero el consejo de una madre lo cambió todo. Maria Mercè Creus no lo vio claro y amenazó a su marido con que, si aceptaban la propuesta del club italiano, se divorciaba.

Y Xavi, finalmente, se quedó en el Barcelona. Jugó de pivote siendo una pieza clave durante la travesía por el desierto en los primeros latidos del siglo XXI, coincidiendo con el adiós del presidente José Luis Nuñez y el aterrizaje de Joan Gaspart.

Con la llegada de Frank Rijkaard, dejó de ser el heredero de Pep y simplemente fue Xavi. Ayudó que el técnico holandés avanzara unos metros su posición, de volante, más cerca del área, enlazando el centro de la zona ancha con Eto’o y Ronaldinho.

Ganó una jerarquía que solo se vio truncada por una inoportuna lesión en la rodilla izquierda que le dejó cinco meses fuera de los terrenos de juego. Xavi no pudo disputar la final de la Liga de Campeones que el Barça ganó en 2006, con la que se puso fin a la maldición europea que acompañaba a la institución azulgrana desde Wembley’92.

Pese al ocaso de la era Rijkaard, marcada por la famosa autocomplacencia de algunos jugadores de aquel vestuario, Xavi siguió encadenando partidos, si bien su rendimiento volvió a ponerse en duda por una parte de la hinchada del Camp Nou.

En el verano de 2008 tuvo que volver a remar para convencer a sus detractores, siempre al acecho para cuestionar su inteligente fútbol. Lo hizo en la selección española, donde nunca había acabado de brillar.

Conquistó la Eurocopa de Austria y Suiza siendo el líder en la medular del equipo entrenado por Luis Aragonés. Xavi siempre estará agradecido al ‘sabio de Hortaleza’, el técnico que le devolvió la autoestima, el hombre que más confió en él para que se erigiera en el mejor jugador de aquella Eurocopa.

Aterrizó Guardiola como entrenador azulgrana y Xavi no paró de crecer. Junto a Iniesta, se convirtió en el motor que carburaba una escuadra que ya contaba con Messi como gran referente ofensivo. Sin Xavi, no se entendería el Barça del triplete, ni el posterior ‘Barça de las Seis Copas’.

Su visión de juego, sus asistencias y su técnica delicada le permitieron situarse en el podio del Balón de Oro durante tres años consecutivos (2009, 2010 y 2011).

Su progresión no tenía límites. En el Mundial de Sudáfrica se consagró como el líder del centro del campo con la selección que, al fin, estampó la primera estrella en la historia del fútbol español.

Lejos de desmotivarse, el mariscal no perdió su exuberancia. Tras la consecución la Liga y la Liga de Campeones (2010-11), Xavi condujo al equipo azulgrana a la conquista de nuevos títulos: la Supercopa de España, la Supercopa de Europa, el Mundial de Clubes y la Copa del Rey. A ello se sumó la consecución de la Eurocopa disputada en Polonia y Ucrania.

A los 32 años llegaba a la cima de su carrera. En sus tres últimos cursos en lo más alto, Xavi perdió algo de protagonismo, sobre todo con Luis Enrique Martínez, quien este último año ha apostado por Andrés Iniesta e Ivan Rakitic en los partidos importantes.

Sin embargo, ha disputado un total de 40 encuentros -veinte de ellos como titular-, sacando de algún apuro al equipo cuando precisaba más toque y menos vértigo.

Con la Liga en el bolsillo, Xavi disputará este domingo ante el Deportivo de la Coruña su último partido liguero en el césped del Camp Nou, en donde levantará su vigésimo tercer título como azulgrana, a la espera de poner la guinda con la Copa del Rey y la Liga de Campeones.

Serán los últimos toques del cerebro que lo cambió todo. Ya falta menos para que su inteligencia brille en los banquillos.

EFE

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