“Amy”, un grito de socorro para los juguetes rotos del espectáculo

En una cena con altos ejecutivos del espectáculo, alguien hizo un chiste sobre cuánto tardará en morir Justin Bieber. Otro se preguntó a quién le importa la difunta Amy Winehouse. Y un tercero sugirió al director de cine Asif Kapadia: “¿Por qué no haces una película sobre esa yonqui?”.

El británico Kapadia, que ha presentado su documental “Amy” en el Festival de Cannes, está convencido de que ahora mismo hay casos como el de Amy Winehouse -muerta en 2011 a los 27 años por una intoxicación etílica- gestándose en todos los países.

“Mientras hacíamos esta película, el número de niños estrellas del cine que murió es enorme. El médico de Amy me escribía emails y me iba contando: ‘Otro, y otro, y otro’. Muchos de ellos se convierten en estrellas a los once años y se suicidan”, dice Kapadian en una encuentro con periodistas internacionales.

La película retrata a una joven extremadamente sensible que jamás consiguió tomar las riendas de su vida, algo que, según su director, es bastante más común de lo que parece en el “show business”.

Su tremenda fragilidad y vulnerabilidad hicieron de la cantante y compositora británica un objetivo fácil de los abusos de su entorno, que se centraba básicamente en explotar económicamente su talento.

“Lo que más me chocó al hacer el filme es lo jóvenes que eran todos, porque he conocido a sus amigos y acaban de cumplir los 30, y solo ahora están empezando a crecer un poco. Entonces tenían 20 o 22 años, ella tenía medio millón de libras y nadie decía no. Ella podía hacer lo que quisiera”, considera.

El realizador, autor también del premiado documental “Senna”, ríe al recordar que su agente para Estados Unidos le dijo que, tras ver su película, por primera vez se sentía culpable por su trabajo. “¡Bien!”, le replicó Kapadia.

Para el británico, la vida desenfrenada que llevaba la creadora de canciones como “Rehab” era en gran parte una llamada de auxilio para que alguien “parase todo”.

“Es como el niño que le dice a otro en el patio: ‘me voy a pegar contigo, pero estoy esperando al profesor para que venga y nos pare’. Y el profesor nunca vino para detenerla a ella, así que siguió y siguió…”, ejemplifica.

La película está narrada casi enteramente de forma cronológica, desde la fiesta del 14 cumpleaños de una de sus amigas hasta el día de su muerte, con imágenes de la vida de la cantante sobre testimonios sonoros en off.

Paradójicamente, cuando Kapadia proyectó los primeros montajes de la película para quienes habían tratado más de cerca a Amy, vio que la mayoría se echaba a llorar al comienzo del metraje solo por verla contenta y sonriendo, ya que pensaban que siempre había sido infeliz.

“Al final del documental, esa gente ya no estaba emocionada, sino enfadada, porque la mayoría todavía no lo ha asumido y siguen pensando que nadie los escuchó cuando dieron la alarma”, recuerda.

Para rodar la película -con casi un centenar de entrevistas- Kapadia tuvo que lidiar con un mundo de egos en el que todos estaban enfrentados entre sí y en el que todos pretendían tirar en direcciones diferentes.

Fue, confiesa, “una experiencia muy estresante” y bien diferente de la preparación de “Senna”, sobre el difunto piloto brasileño de Fórmula Uno que suscitaba “un amor universal”.

Kapadia confía en que su trabajo haya logrado “dar algo de paz” a quienes la querían de verdad, a aquellos que al final no pudieron ni acceder a ella porque la cantante ni siquiera tenía teléfono.

Y espera que todos los implicados en su destrucción tomen nota para que no se repita: “Unos cuantos periodistas con los que he hablado para la película tienen en sus armarios disfraces de Amy Winehouse para Halloween. Chistosos, estos londinenses”, resopla, con una mueca de resignación.

EFE

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