Rohingyas, desde la segregación en Birmania a las redes del tráfico humano

Segregados en campos sin libertad ni recursos en el oeste de Birmania (Myanmar), miles de personas de la minoría musulmana rohingya optan por embarcarse en peligrosos viajes y caen en las redes del tráfico de personas.

Rohingyas, desde la segregación en Birmania a las redes del tráfico humano

No sólo en el Mediterráneo se ahogan inmigrantes hacinados en barcos, en las aguas que bañan el oeste del Sudeste Asiático barcos llenos de bengalíes y rohingyas se encuentran a la deriva en condiciones deplorables.

Alrededor de 2.200 inmigrantes lograron llegar a Indonesia, Malasia y Tailandia, pero el resto están siendo rechazados y empujados a alta mar sistemáticamente por los buques de la Marina de estos países, que se sienten desbordados por la situación.

Los que mueren a causa de inanición o por enfermedades son tirados al mar.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), hasta 8.000 inmigrantes indocumentados se encuentran en embarcaciones fletadas por los traficantes de personas en aguas del Índico, desde Bangladesh hasta Indonesia.

La mayoría de los inmigrantes bengalíes huyen de la pobreza extrema en Bangladesh, mientras que los rohingyas escapan de la persecución y la discriminación tanto en territorio bangladesí como en Birmania (Myanmar), que les niega la ciudadanía.

Los rohingyas, que tampoco son reconocidos en Bangladesh, tienen coartada su libertad de movimiento y necesitan permisos especiales hasta para casarse o tener hijos.

La situación de esta minoría musulmana empeoró en 2012, cuando estalló un brote de violencia sectaria en el oeste birmano que causó decenas de muertos y más de 100.000 desplazados, en su mayoría rohingyas que habían sido expulsados de sus hogares por grupos de budistas.

El número de desplazados, con miles de tiendas de campaña instaladas en campos polvorientos, asciende actualmente a unos 140.000 en el estado de Rakhine, anteriormente llamado Arakan.

La desesperación les hace embarcarse con los traficantes a cambio de unos cientos de dólares para tratar de alcanzar Malasia o Indonesia, donde esperan emular a los rohingyas que han conseguido trabajo allí y pueden enviar dinero a sus familias.

Sin embargo, muchos terminan secuestrados en alta mar o en campos clandestinos en la selva de Tailandia, donde los traficantes exigen pagos de 1.000 o 2.000 dólares para liberarlos, una cantidad desorbitada para los empobrecidos rohingyas.

“Tailandia es la ruta marítima más corta y, sobre todo, los traficantes necesitan un país para recaudar el pago del rescate”, explica a Efe Chris Lewa, responsable de la ONG Arakan Project.

Según Lewa, los barcos interceptados en Malasia son detenidos y los ocupantes, incluida la tripulación, encarcelados en centros de detención durante meses hasta que son liberados con ayuda de ACNUR.

“Entonces los traficantes no tienen manera de recaudar el dinero”, sostiene la activista.

Los rohingyas Mohamed Alam y Mohamed Hashim terminaron en un campo clandestino en Songkhla, en el sur de Tailandia, donde los traficantes exigieron a sus familias 120.000 bat (unos 3.500 dólares o 3.100 euros).

Según el activista birmano Bo Min Aung, un tío de las víctimas trató de pagar el rescate pero lo engañaron y la mafia terminó asesinando a los dos rohingyas a finales de abril.

Este caso provocó que las autoridades tailandesas iniciaran una campaña en mayo contra las redes de traficantes humanos en el sur del país, lo que provocó la desbandada de las mafias que abandonaron a miles de inmigrantes en los campos y en barcos a la deriva.

Organizaciones como Human Right Watch y Amnistía Internacional han pedido a las naciones del Sudeste Asiático que aborden el problema como una emergencia humanitaria y que, sobre todo, Birmania reconozca y mejore la situación de la minoría rohingya.

Unos 800.000 miembros de esta minoría viven en el oeste birmano, mientras que cerca de un millón se encuentran en la diáspora en Bangladesh, Arabia Saudí, Pakistán, Tailandia y Malasia.

Las autoridades birmanas se niegan a utilizar el término “rohingya” porque los consideran inmigrantes bengalíes, mientras que activistas rohingyas aseguran que su presencia en este país se remonta a hace más de 1.000 años.

En un estudio lingüístico publicado en 1799, el británico Francis Buchanan mencionó a los “mahometanos, quien llevan establecidos en Arakan durante un largo periodo, y quienes se llaman a sí mismos Rooinga o nativos de Arakan”.

Sin embargo, algunos académicos birmanos como Aye Chan defienden que el término “rohingya” fue inventado en los años 50 del siglo XX por inmigrantes bengalíes que empezaron a llegar a Birmania desde el siglo XIX bajo la colonia británica.

Gaspar Ruiz-Canela – EFE

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