Un campo de refugiados bajo el metro de París

Bajo el metro elevado entre las paradas de La Chapelle y Barbés Rochechouart, en pleno corazón de París, más de 300 personas malviven a la intemperie entre tiendas de campaña y colchones al aire libre en un improvisado campo de refugiados.

Un campo de refugiados bajo el metro de París

Acosados por el traqueteo casi constante de los trenes que van y vienen de la Estación del Norte -una de las más concurridas- y de los metros que pasan cada pocos minutos, las condiciones de vida en el campamento son infrahumanas.

Hay tres baños portátiles para compartir entre varios centenares de personas. Tiendas de campaña amontonadas para los más afortunados y colchones, cartones y lonas para el resto decoran los bajos del puente, ante la mirada atónita de los vecinos del barrio.

Hombres, mujeres y también algunos niños viven en este campamento: la mayoría de ellos son originarios de países en conflicto de África Oriental como Sudán y Eritrea, pero también de otros como Mauritania o Egipto.

Desplazados a causa de los conflictos violentos en sus países natales, estas personas han atravesado el Mediterráneo para buscar un futuro mejor.

“Yo lo único que quiero es un trabajo que me permita poder pagar unas paredes, una cama y un lugar donde ducharme” dice a Efe uno de los habitantes del campo, que no quiere dar su nombre por temor, al igual que el resto de los ocupantes.

Es originario de Mauritania, aunque lleva ya años en Europa: Noruega, Inglaterra, Italia, Hungría y ahora Francia. El viaje ha sido largo.

La vida en el campamento no es fácil y las peleas son constantes entre sus habitantes: “Son gente buena, solo que la convivencia no es fácil, unos hacen ruidos, otros quieren dormir… no hace falta ni siquiera una razón para pelearse”, cuenta.

“Nunca había bebido antes de estar aquí, pero ¿cómo voy a dormir sin chaqueta ni colcha en un colchón mojado si no estoy borracho?”, cuenta el interlocutor.

Varias asociaciones visitan regularmente el campamento para ayudar a sus moradores. “Si comemos es gracias a ellas, todos los días sirven algo en Puerta de la Villette -a más de dos kilómetros de La Chapelle- a las seis de la mañana y los fines de semana lo sirven en la parroquia”, dice.

La parroquia San Bernardo de La Chapelle es una de las principales entidades implicadas en el campamento y proporciona ropa y comida a los refugiados.

“Nos reunimos los fines de semana a las 8.30 para preparar café, té, sandwiches y tortillas”, cuenta Florent Berhille, el voluntario encargado de la organización de los desayunos, “actualmente servimos a entre 100 y 150 personas”.

San Bernardo también alberga desde enero a ocho inmigrantes que antes vivían debajo del puente elevado. “Queremos ofrecerles un seguimiento completo de las demandas de asilo para garantizar su inserción en la sociedad”, explica a Efe una monja que se identifica como la hermana MarieJo.

Otra de las asociaciones clave en el campo es France Terre d’Asile, una organización que se encarga de asesorar a los refugiados en sus demandas de asilo.

“El proceso es largo. La resolución suele tardar entre 18 meses y dos años entre el momento en el que se formaliza la demanda ante la prefectura y cuando esta es tratada en el tribunal pertinente”, reconoce Pierre Henry, director general de la asociación.

Durante este tiempo “los demandantes son librados a su suerte”, dado que los centros de acogida no pueden absorber la fuerte demanda.

Francia recibe 60.000 demandas de asilo cada año, según la Oficina Francesa de Protección de los Refugiados y Apátridas (Ofpra).

Sin embargo, no todos los moradores del campo quieren quedarse en Francia; muchos solo están de paso para ir hacia otros países como Inglaterra o Alemania.

“¡Algunos han pagado más de 30.000 dólares para poder llegar hasta aquí!”, se lamenta otro de los inmigrantes, “y ahora no tienen dinero ni para comer y no pueden continuar el viaje”.

“El Ayuntamiento de París no puede hacer nada al respecto, la inmigración es competencia estatal. Si bien ya se han demandado medidas de urgencia, es algo que hay que tratar a nivel europeo”, admite Henry, de la ONG France Terre d’Asile.

“No tenemos futuro, ya no espero nada. Quizás muera hoy o mañana, dará igual, pero habrá otros en mi lugar que seguirán pasando hambre bajo este puente”, previene el refugiado mauritano, para quien el viejo continente está muy lejos de ser lo que las mafias le habían prometido.

Mar Selvas – EFE

 

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