Morir en el Mediterráneo: nosotros, ellos y los Derechos Humanos

Departamento Proyectos Fundación Baltasar Garzón

Los diarios han ido reservando en los últimos años algún espacio, las veces en portada, las veces en un rincón, para aquellos que intentan cruzar el Mediterráneo en busca de la vida para acabar topando la muerte. El 19 de abril, 700; el 15 del mismo mes, 400… La noticia es siempre la misma, las cifras son las que varían, aunque su naturaleza permanece, son asoladoras. No voy a escribir aquí sobre lo terrible del fenómeno, que es obvio, ni sobre la naturaleza de las personas fallecidas, si son posibles refugiados o migrantes económicos, ya que preguntárselo a los ahogados no es posible y preguntárselo a uno mismo parece una frivolidad.

La primera cuestión que preocupa es la diferencia en el tratamiento mediático de estos acontecimientos en relación con fallecimientos de ciudadanos europeos. El problema no radica en lo injustificado de la disparidad, más aún si se comparan las cifras. El problema está en la raíz de la disparidad, la percepción de unos como los nuestros, lo que necesariamente conlleva a la percepción de los otros como ellos. Es consustancial al concepto de nosotros el concepto de ellos, no existe lo “uno” sin lo “otro”. Pero esta ordenación de la realidad, que además varía según el marco de referencia, es perceptiva. Esta díada es difícilmente conjugable con los Derechos Humanos en tanto que se basan en la igualdad de todas las personas. Así, cuando hablamos de humanos de primera y humanos de segunda, lo que hacemos es un eufemismo para ocultar que en realidad estamos hablando de humanos sujetos de derechos y los otros, aquellos que no gozan de tales derechos por circunstancias que se escapan a nosotros (o eso nos decimos). Inconscientemente los deshumanizamos. Y es que, parafraseando el artículo que abre la Declaración Universal de los Derechos Humanos, todos los seres humanos nacen libres e iguales siempre que nazcan en (complétese por el lector).

Y esto me lleva a la segunda cuestión ¿es cierto que no podemos hacer nada por aquellos que luchan por sobrevivir y sueñan con simplemente vivir? Los conflictos en África son diversos y complejas sus causas, pero tienen algo en común: en su creación histórica hemos intervenido los que nos llamamos el primer mundo y en su mantenimiento actual seguimos incidiendo. No diré aquí que somos los culpables únicos, pero negar el impacto que nuestro modo de vida tiene y seguir actuando en el ámbito de la seguridad de las fronteras es obviar nuestra responsabilidad. ¿De dónde provienen las materias primas que alimentan nuestra vida virtual? ¿En qué condiciones contratan nuestras empresas a los humanos de segunda? ¿Qué relaciones mantienen nuestros gobiernos con aquellas democracias? En resumen ¿Cómo determinan nuestras necesidades económicas, fundadas en nuestro vivir diario, los procesos sociopolíticos de los distintos Estados africanos, y las condiciones de supervivencia en ellos?

¿Y qué podemos hacer nosotros, individuos, tan pequeños? Comprometernos, adoptar un compromiso epistemológico, uno informativo, uno moral y uno político. Adoptar un compromiso epistemológico, combatiendo nuestro propio subconsciente que nos lleva a percibir el mundo en términos de nosotros y ellos. Un compromiso informativo, buscando el origen de nuestros consumos diarios y entendiendo cómo nuestras acciones más simples tienen una importancia sustancial en la vida de terceros. Un compromiso moral, aceptando que pequeños cambios en nuestro modo de vida son necesarios para reducir nuestro impacto negativo y que dichos pequeños cambios solo los podemos adoptar nosotros mismos. Un  compromiso político, teniendo en cuenta también las actitudes de nuestros gobernantes para con los Estados africanos y sus procesos políticos. En definitiva, debemos luchar por pensar el mundo en términos de Derechos Humanos, en términos de un nosotros global, un nosotros sin un ellos.

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