Orson Welles, el cineasta que eligió descansar en un pozo español

“Un hombre no pertenece al lugar donde nace, sino a donde escoge morir”. Y aunque estas palabras de Orson Welles no se cumplieron, sus cenizas acabaron descansando en el pozo sobre el que las había pronunciado, un lugar que simbolizaba a la perfección su pasional atracción por España.

Orson Welles, el cineasta que eligió descansar en un pozo español

Las cenizas del cineasta -que el miércoles hubiera cumplido cien años- fueron esparcidas por su hija Beatrice en 1987, dos años después de su muerte en Los Ángeles (EE.UU.), en ese pozo situado en la finca “El recreo de San Cayetano”, del que fuera su gran amigo el diestro Antonio Ordóñez.

Era el final de una relación muy especial, la que mantuvo durante gran parte de su vida el cineasta con una España que le ofreció el ‘misticismo de Ernest Hemnigway’ como él llamaba al mundo de los toros, la fiesta, el Quijote y la pasión de sus gentes.

Incluso hay un documental sueco, “Brunnen” (“El pozo”), en el que su director, Kristian Petri, recorrió España a la búsqueda de las razones de la atracción de Welles por este país y que tituló por el lugar donde reposan sus restos.

Una película que incluía fragmentos de más de 60 horas de material no montado y rodado por Welles, muchas veces con cámara en mano, sobre corridas de toros y la vida en las calles en la España de la época, así como secuencias de su gigantesco y nunca acabado proyecto sobre una adaptación al cine de “Don Quijote”.

Pero su relación con España comenzó mucho antes, cuando en 1953 llegó para rodar “Mr Arkadin” y en poco tiempo se enamoró de las fiestas, del flamenco y de los toros, especialmente de la Feria de Sevilla, pero también de la pintura de Goya y Velázquez y, por supuesto, de la figura del Quijote.

A finales de los cincuenta recorrió parte de la geografía española, cámara en mano, junto a su tercera esposa -la actriz italiana Paola Mori, a la que conoció en el rodaje de “Mr Arkadin”- y realizó una serie de documentales para la RAI italiana.

Y también encontró en España al productor que le financiara algunas de sus locuras, Emiliano Piedra, que estuvo detrás de la adaptación al cine del ‘Falstaff’ creado por William Shakespeare, que se convirtió en “Campanadas a medianoche” (1965).

Welles fue el director, guionista, montador y actor, además de diseñar el vestuario y los decorados de la película, que estuvo a punto de quedar inacabada por falta de dinero, según reconocería años después Emiliano Piedra, quien aceptó un proyecto para el que el cineasta norteamericano llevaba 17 años buscando productor.

Menos suerte tuvo el gran proyecto soñado de Welles para su “Don Quijote”, del que rodó nada menos que 20.000 metros de película en Italia, España y México, y de la que se conservan dos secuencias montadas, una incluso con sonido.

El realizador había pensado hasta incluir parte de unas imágenes rodadas originalmente para un documental, sobre la Fiestas de San Fermín. Nunca se podrá saber lo que le rondaba por la cabeza y tan solo queda una versión montada por el español Jesús Franco, que trabajó con Welles.

Pero aunque fue el más conocido, el “Don Quijote” no fue su único proyecto frustrado relacionado con España.

También planeaba una película sobre la fiesta de los toros, pero sobre todo sobre los aficionados a las corridas. Una idea que quedó plasmada en un breve documental rodado por Albert Maysles, en 1966, “Orson Welles in Spain”.

“Un toro puede matar a un tigre o a un elefante, así que obviamente puede matar a un hombre”, explica el cineasta sobre las corridas, una fiesta que califica de “una tragedia en tres actos”.

Mientras muestra los toros que esperan a salir a la plaza, Welles cuenta que le interesa el mundo de la valiente lucha entre toros y toreros y también la gente que vive de la fiesta, “económica y emocionalmente”.

Su idea era rodar una película sobre ese ambiente, sin guion, o más bien, con el guion escondido para poder proporcionar a los actores las suficientes claves que les permitan reaccionar como él quería, pero con mayor realismo.

Porque, se quejaba, “nadie hace nada nuevo en el cine”, y además estaba convencido de que “las mejores cosas del cine son accidentes divinos”.

EFE

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