Kosuke Okahara, el fotógrafo nipón que lleva un década documentando Colombia

El japonés Kosuke Okahara se ha pasado once años contando en blanco y negro historias de Colombia. Allí descubrió su pasión por la fotografía y desde entonces ha vuelto hasta en doce ocasiones para documentar la vida de sicarios, mulas e inmigrantes.

Este fotógrafo, de 35 años y residente en París, ha viajado con sus cámaras a Birmania, Tailandia, Sudán o Costa de Marfil, pero siempre ha vuelto a Colombia para retratar un país que le fascina y donde dice que ha conseguido llegar a la “esencia del ser humano”

Ganador de la última edición el prestigioso premio de fotoperiodismo Pierre & Alexandra Boulat, Okahara se ha situado como uno de los valores más pujantes de la fotografía documental a nivel mundial.

El galardón le reconoció precisamente el conjunto de su trabajo sobre el país latinoamericano, al que viajó por primera vez recién graduado en 2003.

Se trata de proyectos como “Almost Paradise” (2008), donde sigue el rastro de los inmigrantes colombianos que viajan de manera ilegal hasta EE. UU., “Any given Day” (2010), en el que relata la vida de los habitantes de Medellín en medio de la guerra de narcos o “Daniel’s choice” (2005), el retrato de un sicario que trabaja para los paramilitares.

Sencillas pero impactantes imágenes en claro oscuro, en las que el fotógrafo tokiota profundiza en “el espacio físico y emocional en el que la gente existe”.

“Mi primer contacto con Colombia fue cuando a los 22 años leí una biografía de Ingrid Betancourt. Me impresionó mucho. Hasta ese momento no sabía nada del país, solo conocía algunos jugadores de fútbol y el café”, explica Okahara en una entrevista con Efe el Tokio.

La curiosidad le empujó a comprarse un billete y viajar hasta la localidad de Barrancabermeja (departamento de Santander), donde le recomendaron que encontraría el epicentro del conflicto colombiano.

“El periodista Wilson Lozano fue el que me introdujo en la ciudad. Allí me enfrenté por primera vez en mi vida a cosas tan duras como ver asesinatos callejeros. Luego vinieron Medellín, Bogotá y el resto del país”, relata en español.

Sus contantes viajes a Colombia le animaron a estudiar el idioma, ya que “sabía que me iba a abrir más puertas”, revela sonriente con un marcado acento colombiano.

Y así en este tiempo Okahara ha sido un testigo especial de la evolución que ha vivido el país.

“Colombia ha cambiado mucho desde 2003, hay menos violencia, más dinero y más turistas. La transformación de Medellín por ejemplo, es increíble”, comenta.

Reconoce que ser japonés le ha ayudado a mirar con distancia las historias que contaba con su cámara, y también el que la gente le revelara cosas que jamás le contaría a un vecino.

“Es increíble lo abiertos que son los colombianos, y me fascina su actitud hacia la vida. Pueden tener los problemas que tengan, pero son capaces de vivir el momento y transmitir felicidad”.

Tras más de una intensa década ahora cree que su etapa colombiana ha terminado, aunque no está muy seguro a qué rincón de la tierra se va dirigir con sus inseparables Leicas de 35mm.

De momento quiere publicar un libro que recoja su trabajo en Colombia y que sirva, “como los zapatos mágicos de Doraemon”, para llevar de la mano a gente a los sitios donde él ha estado.

Este fotógrafo que se considera fotoperiodista, documentalista y artista al mismo tiempo, también se ha sumergido en los territorios más duros de su país.

Su proyecto “Fragmentos”, elaborado entre 2011 y 2014, se centra en Fuksuhima, la prefectura del norte de Japón afectada por una grave crisis nuclear que desató un feroz terremoto y posterior tsunami.

Se trata de un trabajo realizado en gran formato que muestra la desolación y la tristeza que dejó en los pueblos y sus habitantes el enemigo invisible de la radiación.

“El terremoto de 2011 me pilló en Libia. Inmediatamente volví a Japón. Pero me costó mucho contar en imágenes lo que estaba pasando. En Fukushima no había acción. Opte por contar a través de la quietud la desolación que sentía”, explica.

No es menos dura y conmovedora su serie “Ibasyo”, un proyecto en el que trabaja desde 2008 y con el que se ha sumergido en el infierno de las adolescentes japoneses que se autolesionan.

“Las fotografías pueden ser muy planas, pero también mostrar vida. Eso es lo que busco, imágenes que te golpean, que no puedes ignorar”.

Ramón Abarca – EFE

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