Campo de Bouchucha: nación de hombres olvidados y reino de la mafia

A escasos siete kilómetros de la problemática frontera con Libia, un puñado de raídas tiendas de campaña con el logotipo de la ONU y de cetrinas chabolas reúnen todas las miserias que hacen florecer la inmigración ilegal a Europa.

Campo de Bouchucha: nación de hombres olvidados y reino de la mafia

Levantado en 2011 por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) para acoger al flujo de subsaharianos que huían de los bombardeos de la OTAN y del alzamiento rebelde en Libia, hace meses que ningún funcionario aparece por sus áridas tierras infestadas de bolsas de plástico y botellas vacías.

Solo un destacamento del Ejército tunecino vigila la actividad de las cerca de 80 personas que, como Ibrahim Ishaq, nacido en Darfur (Sudán), permanecen allí desde entonces en espera de una solución que no llega, asidos a la beneficencia de los que transitan por la vecina carretera y expuestos al poder de las mafias que comercian con las pateras.

“Yo salí de Darfur en 2001 huyendo de la guerra y trabajé en Libia hasta que estalló la guerra y llegaron los bombardeos de la OTAN. Entonces volví a huir y me refugié aquí”, explica a Efe sentado en un camastro de madera.

El sol atraviesa la tibia tela y el viento del desierto llena de polvo el interior del habitáculo, plagado de botellas de agua, el mayor tesoro para los que sobreviven en Bouchucha, “la comunidad internacional de los olvidados”, afirma.

“Aquí hay gente de todas las nacionalidades de África. Estamos aquí porque queremos una solución, queremos que nos lleven a un lugar seguro. Libia no lo es, nuestros países tampoco”, insiste Ishaq, que se pregunta porqué la ONU creó ese campo y ahora se desentiende.

“Pedimos que se nos conceda el estatus de refugiado y se nos rechaza una y otra vez. ¿Por qué? ¿Porque hablamos árabe y somos de Darfur? Este campo lo abrió la ONU y su responsabilidad es dar una solución a los que estamos aquí desde entonces”, reitera con desesperación.

Naciones Unidas argumenta que quienes están allí no son refugiados políticos sino “inmigrantes por razones económicas”, argumentos que le han llevado a ordenar el cierre del campo, convertido en los últimos años en un semillero de hombres desesperados dispuestos a cruzar el mar y en un imán para aquellos que trafican con su desesperanza.

“Hay mucha gente que aún llega aquí. En Túnez no pueden trabajar, les dicen que vayan a Libia, pero allí es peor. Así que vienen aquí, sacan dinero con chapuzas en los pueblos de la zona, reúnen el dinero y entonces sí van a Libia, pero para cruzar a Italia”, argumenta.

Una posibilidad que él mismo no contempla, pues el mar le da miedo y ha conocido ya a demasiados que han perecido bajo las olas. “No pueden cerrar Bouchucha, irse sin más, es su responsabilidad. Ellos hicieron la guerra en Libia. Moriremos aquí”, señala.

Kadri Salufú, nacido en Guinea, comparte su grito y su historia. Abandonó su país natal “por un conflicto étnico” y trabajó como obrero de la construcción en Libia hasta que las bombas de la OTAN contribuyeron a derrocar el régimen dictatorial de Muamar al Gadafi.

“Nos estamos consumiendo aquí, nos estamos consumiendo, no tenemos futuro. Hay que cerrar este campo, es muy peligroso, pero dando a cada uno lo que pide”, explica mientras señala el vendaje que cubre su cabeza.

Asegura que fue obra de los traficantes de personas que pululan por el campo, se acercan al pequeño bar desde el que mendigan agua y se aprovechan para contrabandear con los sentimientos de quienes ya no tienen nada que perder.

“Algunos viven aquí -susurra-. Nos quejamos porque manchan nuestra reputación. Estamos en contra del tráfico de personas, en contra de los viajes ilegales, pero si los denunciamos nadie hace nada y nos arriesgamos a que nos golpeen más”, se queja.

“Se lo he dicho a la ONU. Les pregunto y siempre me responden que somos rechazados. Solo me queda rezar para que algún día me acepten”, señala mientras mira el cielo azul, que se desploma sobre las montañas de basura.

Tarek Adam, de 24 años, marfileño, juguetea con el balón en las manos. Llegó a Túnez en 2009 huyendo de la guerra civil y con la promesa de un intermediario de que encontraría equipo de fútbol en el país norteafricano.

Cuatro meses después fue detenido por la Policía y expulsado a Libia: nadie le había fichado y su visado había expirado.

En Libia jugó en varios equipos, pero se vio obligado a regresar a Túnez cuando, derrocado el régimen, comenzaron las persecuciones racistas.

“Espero que la comunidad internacional, la Unión Europea, los americanos, que fueron los responsables de la guerra en Libia, asuman su responsabilidad y nos den una solución”, denuncia.

Javier Martín – EFE

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