“Solo quiero una vida normal”, el sueño de los desmovilizados de las FARC

Juan Guillermo se levanta a las cinco de la mañana, se marcha a su trabajo, desayuna e inicia una rutina entre animales en un parque agropecuario de Colombia donde toda su vida gira sobre un solo eje: superar las secuelas de la guerra y recobrar la normalidad tras su paso por las FARC.

“Solo quiero una vida normal”, el sueño de los desmovilizados de las FARC

“Ahora, casi tras un año (desde su desmovilización) la vida parece normal, pero suena un avión a las cuatro de la mañana y te paras con miedo”, aseguró a Efe Juan Guillermo (nombre ficticio).

Pero si algo marca su existencia son las relaciones que debe establecer en una nueva vida en la que los antiguos guerrilleros tienen que afrontar el rechazo social, la posible discriminación y el temor a las represalias.

Esos miedos le hacen tener una visión nítida del hoy y una mirada tenue de su futuro. “No me preocupo mucho por el futuro, el pasado me pegó y lo tengo atrás, algunas cosas del pasado las recojo porque el que olvida su historia está condenado a repetirla, pero me gusta más el presente”, subrayó.

Sin embargo, Juan Guillermo -que a sus 28 años ha transitado por la guerra durante cinco de ellos- ha podido volver a ver a su familia y recuerda especialmente a su madre, quien le “miraba como un bebé” durante el reencuentro.

El muchacho compartió la guerra con su amigo Christian (nombre también falso), con quien “se voló (desertó) hace ya casi un año y junto al que ha iniciado una capacitación profesional que les ha llevado a trabajar en el Parque Nacional de la Cultura Agropecuaria (Panaca) en el Eje Cafetero del centro de Colombia.

Los dos amigos, al igual que el resto de los desmovilizados, deben afrontar una nueva realidad marcada por el estrés postraumático y la falta de socialización que les lleva a tener una actitud temerosa ante las relaciones diarias y una baja autoestima.

En ese camino, algunos parecen haber retrocedido a la etapa de la vida que perdieron y Christian hace afirmaciones más propias del muchacho de 16 años que entró en la guerrilla, como su deseo de “ser un orgullo para mis papás”.

De su paso por las FARC no guarda un recuerdo especialmente malo. “Allá en la guerrilla la vida no es tan mala”, dice, pero sí comenta que las privaciones y sacrificios son habituales ya que “a veces toca caminar día y noche”.

Durante el tiempo que permaneció en este grupo rebelde, Christian no pudo practicar su gran afición, jugar al fútbol, porque en todo el tiempo que estuvo “no sabía lo que era tocar un balón. Tocaba sí, pero el fusil”.

Hincha de Atlético Nacional, ahora que está en la vida civil no se pierde un partido, y siguió con especial pasión y frustración la participación de Colombia en el Mundial de Brasil.

“¡Era gol de Yepes!”, afirmó indignado sobre el gol anulado al equipo cafetero en el partido de semifinales ante los anfitriones.

Hasta ahora, casi 57.000 personas se han desmovilizado en Colombia desde 2003, una cifra a la que podrían sumarse los cerca de 8.000 guerrilleros que pueden abandonar las FARC en caso de que lleguen a un acuerdo de paz en las negociaciones que mantienen con el Gobierno desde hace más de dos años.

En su transición hacia la vida civil los desmovilizados cuentan con el apoyo de la estatal Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR) que los acompaña y trata de buscarles una salida profesional.

Una de las personas que se han acogido al programa de reintegración es María (nombre también ficticio), quien a sus 19 años vive con una sonrisa instalada en el rostro y juega como una niña con todo aquel que se le acerca.

Cuando comienzan las preguntas el rostro se le nubla y deja pinceladas de una vida marcada por el tronar de las armas, y recuerda que “perdió a muchos compañeros que eran niños (en la guerrilla)”.

Uno de ellos tenía solo trece años, dice María, quien recuerda que “pese a que nunca hubo violaciones (sexuales), verbalmente recibíamos tratos malos”.

“Uno no vivió la niñez, pero ya lo superé”, aseguró la exguerrillera que se unió a sus filas cuando solo tenía once años y que vio truncada una infancia en la que, sin embargo, parece ahora instalada.

Cuando la grabadora se apaga, María mira a “Chantal”, uno de los perros con los que trabaja en Panaca, le sonríe y vuelve a ser la niña de 19 años que busca recuperar el tiempo perdido.

Gonzalo Domínguez Loeda – EFE

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