Zavala y el síndrome Semana Santa

Ya ha pasado un buen tiempo de la Semana Santa, pero creo que los buenos análisis se hacen con tiempo, y no sobre el  pucho, puesto que necesitamos perspectiva para observer y reflexionar sobre las cosas las cosas. Es por eso que ahora tocaré este punto.

La verdad es que todas las festividades católicas han sido trastocadas con el paso de los años y el embate de la sociedad de consumo. Sólo basta mirar lo que acontece en la Semana Santa, la semana más sagrada para nuestra religión, para darse cuenta de ello. Anteriormente esta festividad implicaba penitencia, oración, silencio, y luego júbilo y festejo en familia. Ahora implica vacaciones fuera o dentro del país, fiestas orgiásticas en Villa Florida, huevos de pascua carísimos, y nada más. En Uruguay al menos “blanquearon” su situación y cambiaron el título de “Semana Santa” por “Semana del Turismo”, al menos para no parecer tan hipócritas, ya que para ellos es una mini vacación la semana completa, el “puente” es aceptado y generalizado al punto de ser ley igual para todos, no sólo para los vagos empleados públicos como aquí.

Pero la gente común en nuestro país no tiene otra opción que ver películas de hace 50 años o más, como “Ben Hur”, “Espartaco”, “Los 10 mandamientos”, “El príncipe de Egipto”, “La Biblia”, “Barrabás”, “Quo Vadis”, “Sansón y Dalila”, “Gladiador”, y tantas otras… Y yo me pregunto, ¿Qué tienen que ver estas películas con el significado de la Semana Santa? ¿Acaso porque aparece algún romano con túnica, o una historia del antiguo testamento, o algún hebreo, ya es una película religiosa acorde a la ocasión? ¿O porque aparece Jesús como personaje secundario luego de seis horas de película, como en Ben Hur?

Llevamos una eternidad cíclica al respecto. Será tal vez que los dueños de los canales no quieren pensar en ofrecer algo más útil, o que a propósito se está torciendo la mente de la gente de esta forma, porque es imposible que alguien sea tan burro para programar una grilla de programación en un canal de aire así por error o ignorancia. Imposible. Y lo mismo sucede con las fiestas de fin de año, simplemente nos desvían de lo que realmente importa y sólo las usan como excusa para vender y comerciar. Se pierde el significado de todo lo sagrado, y es muy triste.

Por eso es que pienso que hay que crear una ley que prohíba las imágenes navideñas fuera del mes de diciembre, y así defender los derechos de la gente. Esta gente sufrida y trabajadora que observa por la ventana del ómnibus el árbol iluminado y empieza a sentir una opresión en el corazón por todo lo que no podrá comprar ni pagar, ya desde tres meses antes de las fiestas… Eso no se hace, es descorazonado y es una burla a nuestro pueblo. Aunque no sé si es más burla eso o ver las casas comerciales decoradas con nieve, renos y papá noeles desde una calle donde hace cuarenta grados a la sombra. Otro golpe bajo a nuestra idiosincrasia y cultura. Cada día nos olvidamos más y más de armar el arbolito en familia, y el pesebre, y disfrutar del verdadero significado de las fiestas. Nos hacen correr de un lado a otro, brindar, comer, regalar, cumplir… Pero cada año que pasa somos más infelices en esas fechas. Algo tenemos que hacer para volver a convertirlas en lo que realmente deberían ser. Aboliendo los regalos, achicando las cenas, compartiendo con quienes queremos y con nadie más. Esa es una batalla que como sociedad tenemos que pelear, pero que será difícil, y con muchas bajas. Y me pongo tan nervioso al ver el arbolito tres meses antes porque ya es el colmo. Sigo odiando de todos modos Halloween y otras fechas inescrupulosamente impuestas por intereses comerciales, pero nada me causa tanto desprecio como este árbol impío iluminado frente a mí. Es que intercambiar regalos en cualquier ocasión debería estar prohibido. Pero bueno, soy un poco anarquista a veces, y quiero cambiar el orden de las cosas, revolucionar, y despertar a la gente del sopor ridículo en el que se halla sumida.

Esto que siento es lo mismo que me pasa cuando algún amigo viene a contarme el drama de sus tarjetas de crédito. Sacan varias tarjetas, las revientan todas en gastos estúpidos e innecesarios, y luego se vuelven esclavos de las cuotas y los vencimientos. Es que este mundo perverso encontró la forma fácil de traicionarnos y atraparnos aunque no lo deseemos, gracias a un simple plástico de apariencia inocente, pero de garras y dientes que se clavan en el corazón y muerden nuestras entrañas hasta devorarnos por completo. Es por eso que hay cosas que es mejor no tenerlas, y posibilidades que es mejor no tomarlas. Mi teoría es que si sin la tarjeta no podés tener algo, con la tarjeta tampoco podrás… Endeudarte ahora, pensando que algún día, de alguna manera, podrás pagar algo que en este momento no podés pagar, es un engaño gigante. Y todo el mundo cae en él. Es que somos tan inocentes… Lo único que hace la tarjeta es embaucarte para aplazar un poco el pago de algo, pasándolo más adelante, pero cuando viene el vencimiento, y tu salario o ingreso sigue siendo el mismo, entonces te encontrás con la cruda realidad de la deuda, bien real e inescapable, que hay que cubrir. Es una forma encubierta de usura, un invento diabólico. Y así empiezan los bicicleteos, pagar cuotas interminables pero que no reducen la deuda, y ser cada vez más pobres. Todo en nuestro mundo está pensado para arruinarnos y sacarnos hasta lo que no tenemos…

Y peor aún, ni siquiera es que el plástico ese se utiliza para comprar cosas de primera necesidad, o para cubrir una cuota del colegio del niño, o para comer esa semana… No… Lo usan para pagar viajes, un motel, joyas, un reloj o camisa de marca que de otro modo no podrían costear, tunear su auto, salir a tomar cerveza… O sea, en gastos inútiles e intrascendentes. Gastos que si tuvieran que pagarlos con el dinero de su salario y de su propio bolsillo, nunca los harían. Es como si la tarjeta tuviera algún poder mágico que les hace pensar que lo que compren con ella no lo tendrán que pagar nunca… Cuando la realidad es que pagarán el triple de lo que realmente valen las cosas, ya que los intereses son usurarios. Pero es tan corta la vista que tienen que ni lo notan…

Y no sólo son las tarjetas o las navidades, sino que todo a nuestro alrededor está creado para el gasto y el empobrecimiento. Si miramos unos años atrás, el nivel de vida era menor, en cierto sentido, pero mejor en muchos otros sentidos. La electrónica no existía, ni los aparatos para el hogar, pero de todos modos se vivía bien y el dinero alcanzaba para que en esas fiestas de fin de año hubiera turrones de almendras sobre la mesa… ¿Quién puede pagar en la actualidad un turrón de almendras?

Ahora, además del agua, la luz, el teléfono, y el alquiler, tenemos que pagar el celular, no sólo la línea, sino el aparato. Y no sos nadie si no tenés un backtone activado, un salvapantallas de alguna modelo, un jueguito pedorro que pagaste por instalar, y además te pasás recibiendo noticias, consejos, u horóscopos, también pagos, en la pantallita. Además tenemos el videocable para poder ver películas… Y la computadora… Ya ni siquiera es una computadora por familia como hace tiempo atrás, sino que cada miembro tiene que tener una propia. Y una televisión HDTV, y un lector de Blu-Ray o una consola de juegos, con parlantes envolventes, teléfono inalámbrico, pilas de discos o medios digitales en el disco duro, horno microondas, heladera y freezer, aparatos de gimnasia, relojes digitales, acondicionadores de aire, camionetas 4×4, objetos de arte moderno, cepillos eléctricos, aspiradora, lustradora, anteojos, zapatos deportivos, mucama, tostadoras, cafeteras, bicicletas estáticas, Ipods, ropas de marca, luces de bajo consumo, redes inalámbricas y acceso a Internet… Todos estos objetos, bienes y servicios permean lentamente en la casa empobreciéndonos día a día, sin que podamos detenerlos en su avance mientras conquistan el mundo. Yo podría vivir sin todo eso, como mis abuelos, y creo que sería feliz, y el dinero me alcanzaría para subsistir. Bueno, sin las computadoras y sin Internet me será difícil, pero el resto podría no tenerlo… Aunque muchas de esas cosas las he comprado también. Pero si siguen inventando cada día trastos más rápido de lo que podemos comprarlos, obviamente seremos infelices siempre, sintiendo que algo nos falta.

Cómo no van a haber tantos pibes chorros si la sociedad de consumo nos implanta en la cabeza que todos tenemos el derecho y la obligación de tener todo aquello que nos muestran. Y no sólo hablo de la larga lista de objetos irrelevantes y superfluos que ya mencioné, sino que además tenemos que tener una pareja que sea una diosa total (con pechos postizos y liposucción de ser posible), nosotros mismos estamos obligados a tener un físico privilegiado, vivir en una mansión y tener un auto deportivo, usar un reloj de marca, una remera que cuesta más que un salario mínimo, vacacionar en otro continente, o al menos en algún lugar que se hable otro idioma, tomar bebidas caras y en grandes dosis, ser un latin lover incansable, aunque sea tomando viagra (porque tener sexo “estándar” no es suficiente, tiene que ser por horas y hasta que la mujer diga basta, sino uno no es lo suficientemente macho)… Y hay que curtir una cierta onda, salir todos los fines de semana, comer comida chatarra (pero carísima), etcétera, etcétera… Cómo no va a haber tanta criminalidad, si somos tantos los que queremos eso, engañados por la publicidad, y somos tantos los frustrados, los que sentimos que la vida carece de valor sin todos esos accesorios, y sin embargo tan pocos pueden obtenerlos…

Así que hay que tomar lo que nos pertenece, por derecho, de cualquier forma, a cualquier costo. Asaltando en la calle, robando en la empresa donde se trabaja, adulterando, falsificando, vendiendo el cuerpo, o el alma, debiendo, secuestrando, asesinando, evadiendo, hurtando, coimeando, desfalcando, currando… Porque trabajando honestamente no hay forma alguna de obtener todo lo que soñamos, o lo que nos hicieron soñar que merecíamos…

Estos motivos tal vez sean la causa de la criminalidad actual, pero yo no sé si es que los ladrones están más ingeniosos ahora, o los periódicos están más creativos, porque antes no teníamos tanta variedad de tipologías criminales. En otras épocas apenas si había ladrones, asaltantes y robacoches, siendo robacoche ya una palabra inventada para especializar una tipología de delito criminal diferente a la del ladrón domiciliario… Ahora en cambio tenemos tortoleros, peajeros, carteristas, pirañitas, piratas del asfalto, caballos locos, motochorros, polibandis, secuestradores express, titulados mau, falsificadores, asesinos, sicarios, narcos, topos, y tantas otras variedades que uno se sorprende cada día de las cosas que inventan. Todo sea para conseguir los objetos ampliamente publicitados que por otros medios no podrían tener.

Eso sí, libros ya no compramos, no tienen lugar en este mundo acelerado. Caminar por el parque tampoco. Y mucho menos demostrar cariño. Nos hemos convertidos en robots consumistas, carentes casi de alma o criterio. Yo tengo la teoría de que vivimos en “la era tamagochi”: El tamagochi era esa mascota virtual inventada por los japoneses (puesto que no tenían espacio para tener animales de verdad en sus pequeñísimos hogares), que vivía dentro de un aparatito electrónico, que había que alimentarla, acariciarla y hacerla jugar para que estuviera contenta y no se muriera. Y mucha gente le daba más cariño a esa mascota, existente únicamente en circuitos electrónicos, que a los seres de carne y hueso, ya fueran personas o animales. Mucha gente prefiere vivir en Internet y hablar con desconocidos antes que con sus amigos y familiares, o cuidar a personajes de jueguitos electrónicos más que a su propia vida. Cada vez reducimos más la capacidad de querer y amar a quienes nos rodean y nos volvemos fríos y duros. El problema es que mucha gente no se da cuenta de que la vida es una sola y no hay varias existencias, oportunidades, o posibilidades de recargar el juego si nos equivocamos en algo… Por eso, volviendo a la idea del consumismo y la masificación, creo tenemos que empezar a aceptar que es mejor ser que tener, sólo que es más fácil demostrar lo que somos cuando tenemos… Y me odio a mí mismo por pensar estas estupideces, puesto que no cambiaré el mundo con ellas… Pero al menos haré más ameno y corto el viaje.

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