Las vidas filmadas de los hermanos Lumière

La biografía de Louis y Auguste Lumière, que alumbraron el cine hace 120 años, se impone sobre su histórica creación en la muestra que alberga el parisiense Grand Palais, retrato de dos vidas empujadas por el afán de “mostrar al mundo el mundo”.

Las vidas filmadas de los hermanos Lumière


En el verano de 1877, los Lumière, dos adolescentes que veraneaban en la aldea bretona de Saint-Énogat, dieron con una gruta marina cuya oscuridad ofrecía un improvisado cuarto de revelado. Cercados por la marea, juraron no separarse jamás de lograr salir ilesos.

“Y así lo hicieron”, confirma a Efe el comisario de la exposición Jacques Gerber, mientras repasa el inaudito tejido familiar de la saga Lumière.

Si Louis y Auguste se casaron con dos hermanas, las Winckler, los hermanos de estas desposaron a su vez a las gemelas menores de los Lumière. “Al menos solo tendréis una suegra”, escribió entonces a sus hijos un conciliador Antoine Lumière.

Truhán de muchos oficios, el modesto Antoine ya había logrado prosperar como fotógrafo cuando, durante una visita a París, descubrió el kinetoscopio de Edison, un dispositivo de visionado individual que fascinó a sus retoños.

El clan al completo se había instalado en Monplaisir, un barrio del Lyon popular donde se ubicaba la empresa familiar y bajo cuya puerta, mientras los obreros abandonaban ordenadamente la fábrica, nació el cine. Era marzo de 1895 y Louis, que experimentaba con su pionero cinematógrafo, rodó la primera película de la historia.

Nada se abandonó al azar. Los empleados franquearon el portón tres veces y la salida se orquestó como a menudo sucedería en la posterior producción de los Lumière, dueños de 1.500 protopelículas y -basta con echar un vistazo a la impagable “L’Arroseur arrosé” (“El regador regado”)- autores de los primeros mimbres de la ficción.

A medio camino entre el azar y el talento, la mirada de Louis -el más dotado de la dupla- forjó la gramática fílmica y su reverso, el rubor de ser filmado, para incendiar las plateas con la emoción de lo que Baudelaire más tarde apodaría “el tragaluz del infinito”.

“Con el cinematógrafo, el hombre vence a la muerte”, titulaba un diario de la época, sorprendido por la acogida popular del nuevo invento.

El cine había despegado de una fábrica y, antes que a la burguesía, perteneció al boquiabierto proletariado que se agolpaba en las ferias ante un proyector.

Para entonces, los Lumière habían formado a un tropel de operadores con la meta de enviarlos a todos los rincones del mundo.

La decisión, que se anticipó a las modernas agencias de información, inauguraba -apunta el director del Instituto Lumière, Thierry Frémaux- una misión vital de las imágenes: “Revelar al otro, acercarse al diferente”.

“Matisse pintaba ventanas pero nunca las habíamos visto así hasta que llegó él. Con los Lumière sucede lo mismo -relata Berger-, el cine es otra forma de mirar lo real y eso es lo que hay que exigir al arte”.

Al margen de reinventar lo banal, el cinematógrafo daba acceso a otros enigmas más prosaicos, caso de la desnudez femenina, como prueba una breve secuencia que espía la intimidad de una mujer. “El cine se inventó para esto, para mirar”, reflexiona Gerber.

Han pasado 120 años y, de la fábrica al museo, aún asombra la apabullante modernidad de una producción cinematográfica que la muestra honra con cierta ternura.

“Ni renegaron de su hallazgo ni lo subestimaron”, zanja Gerber antes de repasar los logros de los Lumière -las imágenes en relieve o las vistas panorámicas- para subrayar la que fue su gran pasión y otro gran éxito comercial: la fotografía en color.

Discretos y llevados por un insaciable instinto creativo, los Lumière llegaron incluso a patentar una sal coloreada que permitía sazonar los platos en su justa medida, una ocurrencia tardía que refrendó su éxito.

Cuando Francia se derrumbó ante la invasión nazi, el envejecido clan de Lyon era una referencia entre la alta burguesía, un estatus que tal vez explique su tibia actitud frente al régimen de Pétain.

“No fueron ideólogos y mucho menos antisemitas”, sentencia Gerber, quien revela que el hijo de Auguste se alistó en la Resistencia. Su padre -cuentan- ofreció abrigo a varias familias judías.

La historia, en todo caso, supo digerir el episodio para “ligar su memoria de una vez por todas a la invención del cine”.”¿Alguien sabe quién inventó el digital?”, inquiere Gerber. “Yo tampoco”.

Carlos Abascal Peiró –  EFE

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