Kenia, el país de los sobornos cotidianos

“Esta oficina está libre de corrupción”, dice un cartel que cuelga en todos los departamentos de atención al público del Gobierno keniano, pero, en realidad, todos saben que cualquier procedimiento burocrático se puede acelerar con unos pocos chelines entregados bajo mano.

Kenia, el país de los sobornos cotidianos

Los pequeños sobornos (‘kitu kidogo’ en swahili) forman parte de la vida de Kenia, donde es imposible escapar a la corrupción cotidiana a pequeña escala instaurada por las autoridades del país.

Según el Índice de Sobornos en África Oriental (EABI, en inglés), los niveles de corrupción en la Policía y la Justicia permanecieron muy altos en la región durante el pasado año, especialmente en Kenia, donde las reformas en dichos sectores impulsadas desde el Gobierno parecen no estar dando ningún fruto.

La institución más corrupta en Kenia es la Policía, donde se concentró el 43,5 por ciento de todos los sobornos registrados en el país.

Según el EABI, cerca del 90 % de estos casos no fueron denunciados, ya que la mayoría de las víctimas admitieron desconocer a quién dirigirse para dar cuenta de estos abusos.

“Hay mecanismos como la Comisión Ética y de Anticorrupción y el Defensor del Pueblo. Pero no son muy eficaces. Las instituciones hacen muy poco con las quejas”, explica a Efe el director de Transparencia Internacional (TI) en Kenia, Samuel Kimeu.

Sólo hay que salir a la calle para presenciar un ‘kitu kidogo’. En Nairobi los conductores no solo tienen que lidiar con un tráfico imposible, sino también con los agentes que dan el alto e inmovilizan el vehículo hasta que consiguen dinero.

“Estaba parado en medio de un atasco con mi moto. Un policía me acusó de estar obstaculizando el tráfico, cuando en realidad ningún vehículo se podía mover por el gran atasco. Hasta que no le di 2.000 chelines (unos 20 euros) no pude marcharme”, cuenta a Efe Frederick, conductor de uno de los populares moto taxis (boda-boda) de Nairobi.

Pero este no es un caso aislado. Las furgonetas de transporte público, conocidas popularmente como “matatu”, lidian continuamente con agentes que les exigen una pequeña cantidad para poder seguir trabajando.

Por eso, es habitual que los conductores de estos “matatu” siempre tengan preparado, dentro del propio carné de conducir, algún billete que el policía cogerá sutilmente cuando le de el alto y le pida la documentación.

Esto acaba siendo mucho más efectivo y barato que enfrentarse al agente y, posteriormente, a la justicia keniana.

“Se ha hecho muy poco para hacer frente a los problemas de integridad en la Policía”, apunta Kimeu, quien explica que las pocas investigaciones que se inician por temas de corrupción “encuentran la resistencia de oficiales de alto rango”.

Fuera de las calles, en las oficinas gubernamentales, cualquier funcionario que no encuentre unos papeles reclamados por un ciudadano los conseguirá inmediatamente si recibe unos chelines, aunque a su lado cuelgue el cartel “Esta oficina está libre de corrupción”.

“Normalmente la gente paga sobornos porque siente que es la única manera de acceder al servicio o acelerar un procedimiento”, señala Kimeu.

Así, “si la prestación fuera transparente y el ciudadano supiera cómo acceder al servicio, cuánto va a costar y cuánto tiempo va a tardar, se reduciría la presión de sobornar”, apunta.

Además, hay otro problema de fondo: la impunidad que gozan los corruptos en el país.

Según un informe presentado en el Parlamento de Kenia, la Justicia solo ha impuesto condenas con penas de cárcel en tres casos de corrupción durante los últimos tres años pese a que se han registrado más de 9.000 denuncias en ese tiempo.

“La voluntad política es fundamental para garantizar la plena aplicación de la legislación contra la corrupción”, advierte el EABI, y “los funcionarios del Gobierno culpables de actos de corrupción deben enfrentarse a la ley”.

Los sobornos cotidianos en Kenia son un secreto a voces. Incluso una de las canciones más populares en el país, “Nchi ya Kitu Kidogo (País de bandidos)” del keniano Eric Wainaina, denuncia la pequeña corrupción, esos “gestos” diarios con los que solo funcionan las cosas en el país de los safaris.

Jèssica Martorell – EFE

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