En pleno cruce de dos de las calles más bulliciosas del centro de Buenos Aires, un grupo de músicos callejeros rompe la rutina de los porteños mientras reclama una legislación que proteja la cultura en el espacio público de forma que sea “accesible” para todos los ciudadanos.

Armados con dos saxos, un trombón, una trompeta, una batería, dos guitarras, un bajo y un teclado, el grupo “Jamaicaderos” reivindica desde hace siete años que el Gobierno de la capital argentina, encabezado por el conservador Mauricio Macri (Propuesta Republicana), defienda el arte ambulante para que la cultura en todas sus formas deje de ser perseguida.

El portavoz del Frente de Artistas Ambulantes Organizados (FAAO), Alejandro Cabrera, denuncia en una entrevista con Efe que el arte en las calles, el subterráneo (metro), los autobuses y los trenes de Buenos Aires está penalizado y desprotegido porque no hay una normativa que los ampare.

De hecho, un proyecto de ley impulsado por el colectivo para fomentar la actividad cultural en la vía pública permanece en un cajón de la legislatura porteña desde 2012, año en el que lo presentaron los diputados opositores Gabriela Alegre, titular del oficialista Frente para la Victoria, y Rafael Gentili, del izquierdista Proyecto Sur.

La normativa propuesta engloba a músicos, mimos, actores, bailarines… Es decir, a todo aquel que contribuya a esparcir la cultura por las calles de la ciudad para que sea un bien “tangible, alcanzable y accesible” para todos, explica Cabrera, quien también ejerce como saxo tenor, soprano y barítono de “Jamaicaderos”.

El músico percibe la cultura como “un derecho que se debe compartir” en todas partes, y la calle es el espacio perfecto para ello porque allí se puede ver “esa magia” que se crea al “romper las desigualdades sociales”.

“Nos viene a ver gente que vive en la calle y al lado se para alguien adinerado, con guardaespaldas”, algo que para él es “grandísimo”.

El portavoz de la FAAO, que aglutina las demandas de los trabajadores del arte ambulante, no solo denuncia el “monólogo” del Gobierno de la ciudad sino también los encontronazos que han tenido con las autoridades policiales y judiciales.

“Vienen a sacarnos de los lugares donde estamos tocando”, afirma, lugares en los que entienden que están “defendiendo un derecho”, por lo que cree que los funcionarios porteños están violando la propia Constitución de la ciudad y varias leyes internacionales.

En ese sentido, han recibido denuncias por ruidos molestos, usurpación del espacio público y venta de mercadería ilegal, algo que para Cabrera es una “contradicción” y “un insulto” para el artista callejero.

Bajo el lema “La música en la calle no es delito”, la FAAO lucha por que la cultura en los espacios públicos de todo el mundo esté regulada y consensuada pero nunca “penalizada”.

Por eso mantienen el contacto con colectivos de artistas de otros países, entre los que destaca España, donde consideran que existe una “censura” y una “persecución” del artista ambulante, sobre todo en ciudades como Madrid y Barcelona.

El objetivo final de grupos como “Jamaicaderos” no es otro que el de poder hacer arte en la calle de forma libre, ya que a músicos como Cabrera les permite disfrutar de un “intercambio de energía muy especial”, gracias a que no existe un “escenario” y, por ende, “se rompen todas las diferencias”.

“Es algo mágico”, señala, “quizás alguien que pasa y sabe tocar un instrumento, se suma”.

Por eso para ellos la palabra clave cuando hablan de proteger la cultura callejera que tantos años llevan practicando es “compartir”. Y, además, “compartir todo el tiempo”, sentencia.

Irene Valiente – EFE

Fotos: David Fernández – EFE

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