Una vida entre las ruinas arqueológicas de Luxor

Mohamed Salem da los últimos retoques con su paleta a una columna que acaba de restaurar y, pese a llevar cerca de 40 años de trabajo entre las ruinas de Luxor, su cara desprende un visible orgullo al haber levantado una joya arqueológica que hasta hace unos meses estaba reducida a escombros.

Una vida entre las ruinas arqueológicas de Luxor

Con su mano izquierda impregna su paleta de una masa que extiende con la derecha sobre la columna. En los últimos días de la campaña anual de la expedición española en la que trabaja, Salem echa la vista atrás para recordar cuándo empezó a convertir simples piedras en tesoros de la egiptología.

“Aprendí de mis tíos, que trabajaban en la restauración de antigüedades, cuando tenía 16 años”, dice a Efe Salem, que asegura también haber colaborado con más misiones alemanas, francesas, españolas y mexicanas.

Desde hace varios años, con más de cincuenta a sus espaldas, Salem se ha ganado la confianza de Francisco Martín, el arqueólogo español que dirige el Proyecto Visir Amen-Hotep Huy.

“A Mohamed le hago yo el encargo cada año, tenemos una relación de confianza extrema, porque conoce muy bien la arquitectura egipcia”, señala a Efe Martín, que admira la columna rehabilitada.

No todos los que trabajan en las misiones en Luxor tienen el dominio y los conocimientos arqueológicos de Salem, y por ello se dedican a labores menos cualificadas.

Es el caso de Mohamed al Arian, que forma parte del equipo del Proyecto del Templo de Tutmosis III, dirigido por la española Myriam Seco.

Cumplida ya la cincuentena, Al Arian trabaja desde los 11 años en misiones de este tipo.

En el proyecto de Seco se dedica a retirar escombros y cerámica para facilitar y ayudar al resto del equipo el levantamiento del templo funerario de quien fue uno de los más importantes faraones de la historia de Egipto.

Sin embargo, las misiones anuales solo duran alrededor de 3 meses, y además suelen coincidir en el tiempo, por lo que los trabajadores como Al Arian deben buscar alternativas para vivir el resto del año y mantener a sus familias.

“Cuando no hay misiones, vuelvo a mi pueblo para trabajar en la agricultura porque no hay otro trabajo”, dice a Efe mientras deja un segundo la espátula con la que retira los escombros.

Quien también busca otras opciones en “temporada baja” es Alaa Amrán, de 37 años, que trabaja en la Misión Arqueológica Canaria-Toscana, liderada por la española Milagros Álvarez y la italiana Irene Morfini.

Desde hace 15 años, Alaa se dedica a instalar la iluminación, preparar la masa utilizada en la restauración y también los tés que beben los equipos de los que ha formado parte.

“Cuando termina la temporada, trabajo en la zona de Uad al Shair en una fábrica de mármol”, detalla.

Sayid Murad, de 28 años, empezó realizando también labores no especializadas, aunque su interés por la egiptología le ha llevado a adquirir importantes conocimientos.

“Trabajo desde hace 10 años en la restauración y en la cerámica, y estoy muy feliz porque he ganado mucha experiencia de la gente que está aquí”, destaca en declaraciones a Efe.

Sus compañeros de la expedición española Visir Amen-Hotep Huy reconocen su trabajo y aseguran que, gracias a su maña y simpatía, se ha convertido en uno de los miembros más queridos del equipo, que le ha bautizado como “Lambo”.

“Es un tío estupendo, habla a los fragmentos. Le puedes poner en cualquier sitio porque te va a resultar muy bien”, explica su jefe, Martín.

“Lambo” es uno de los obreros que se ha ganado la confianza del arqueólogo español, pero también del “rais” (capataz), que es quien los selecciona.

Para conformar el equipo de obreros, “el director de la expedición explica al rais lo que necesita, según especialidades (excavación, restauración…). Éste busca a gente de su confianza y los trae”, afirma Martín.

Una vez finalizada la misión, “Lambo” ayuda a familiares suyos que trabajan en otros proyectos arqueológicos, ya que toda su familia está relacionada con el mundo de la restauración. Es una tradición familiar.

Sin embargo, cuando las condiciones meteorológicas (demasiado calor o frío) impiden el trabajo de las misiones egiptológicas, “Lambo” se busca la vida en la agricultura de la zona.

“El año tiene doce meses, tienen que seguir comiendo”, explica Martín. EFE

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