Chango Spasiuk: La música de raíz tiene un mensaje profundamente esperanzador

Le dicen “chamán del chamamé” o “chamaestro”, pero él se define como “el hijo de un carpintero que toca acordeón parado sobre la tradición del nordeste argentino”. Es Chango Spasiuk y, tras dos años sin pisar los escenarios europeos, vuelve para ofrecer su folclore “esperanzador”.

Chango Spasiuk: La música de raíz tiene un mensaje profundamente esperanzador

“La música de raíz tiene un mensaje profundamente esperanzador. Y en un mundo como el de hoy, globalizado, la esperanza sigue teniendo importancia para el hombre”, explica Spasiuk (Apóstoles, Misiones, 1968) en entrevista telefónica con Efe en medio de una gira de 20 conciertos por Francia, Bélgica, Polonia y España, que concluirá el 31 de marzo.

Reconocido como una de las figuras más destacadas de las denominadas “músicas del mundo”, este acordeonista comenzó, con solo 10 años, a tocar chamamé (ritmo tradicional del norte argentino) y, a partir de sonidos heredados de los emigrantes de Europa del Este -entre quienes estaban sus abuelos ucranianos-, como polcas, valses o chotis, ha traspasado los límites de la etiqueta “folclore” y elevado su música a categoría internacional.

Spasiuk califica de “desafío” y experiencia “enriquecedora” trasladar su música a lugares donde no es tan conocida, aunque defiende que, “cuanto más pura y más de raíces” es, “más posibilidades existen de tocarla en otros escenarios”.

“Es algo misterioso, pero cuando uno sale al escenario ya no hay más. Las barreras y los abismos culturales van desapareciendo. Solo quedan el hombre y lo anímico y emocional y se trata de que el público se sienta en casa, a salvo, durante un rato. Y sucede”, declara.

En esta gira, en la que actúa con Marcos Villalba (guitarra y percusión), Diego Arolfo (guitarra y voz) y Víctor Renaudeau (violín), presenta temas de toda su carrera, incluidos algunos de su más reciente trabajo, “Tierra colorada”, título conectado con las raíces de su provincia natal y que fue grabado en vivo en 2013 en el Teatro Colón de Buenos Aires.

Tres décadas antes (1983) y en ese mismo escenario, uno de sus grandes referentes registró para la posteridad uno de sus conciertos: “Astor Piazzolla en el Teatro Colón”. Cuando se le pregunta si es comparable la dificultad afrontada en su época por el autor de “Adiós Nonino” o “Libertango” para la renovación del tango con la suya frente a los folcloristas más ortodoxos, solo sonríe.

“Es un abismo enorme. No voy a caer en una telenovela, en esa imagen de músico incomprendido”, bromea Spasiuk, aunque enseguida recupera la seriedad para confesar que Piazzolla “es un espejo en el que mirarse, un ejemplo que seguir”.

“Toco una y otra vez a Astor, no porque haga tango, sino porque es el arquetipo del compositor. Se dedicaba a buscar con todas sus fuerzas. Me quedo con esa fuerza y esa disciplina”, resume.

En sus numerosos viajes internacionales ha tocado con artistas como Pat Metheny, Bobby McFerrin, Mercedes Sosa, Lila Downs o los españoles Kepa Junkera y Carlos Núñez, este último con quien mantiene, según afirma, “un diálogo muy fluido”.

“Me encantaría encontrarlo con otros músicos. Estos viajes permiten que nos conozcamos”, señala.

Este admirador de las grandes figuras del chamamé, como Tránsito Cocomarola, Blas Martínez Riera o Raúl Barboza, confiesa que, a lo largo de los años, ha “disfrutado la discografía” de Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina y Paco de Lucía, descubierto “la cosmovisión” de Atahualpa Yupanqui y bebido en el “manantial inagotable” de Beethoven, pese a que, cuando era niño, en su casa apenas había discos.

Su padre, carpintero y violinista, le prohibió trabajar con la madera y las máquinas, como ya hacían sus hermanos mayores, para evitar que dañase sus manos al ver en él “entusiasmo y fuerza para la música”.

“Pero yo creo que también era porque era su gran oportunidad para tener un grupo”, bromea Spasiuk, quien agrega entre risas: “Íbamos mi padre, mi tío y yo a tocar en las fiestas. ‘Los carpinteros’ nos debíamos haber llamado”.

Confiesa que le da “vergüenza” hablar de sí mismo, pero cuando se sube a un escenario exhibe sin pudor una unión íntima con su acordeón y entra en un trance místico; quizá ese sea el “estado del corazón” del que habla constantemente al referirse a su música, que le permite regresar a su infancia en el patio de casa donde aprendió a tocar y en el que envuelve a su público con cada actuación. EFE

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