Los monólogos de Zavala

La verdad es que el tema de las relaciones de pareja es cada vez más complejo. En una época era simplemente elegir alguien que pudiera parecer buen compañero, aunque no hubiera amor (porque total eso se construía en el camino), y de allí empujar para adelante, sin mirar atrás nunca más. Sabemos que la sociedad de América Latina en general siempre fue hipócrita y que los hombres usualmente descargaban sus instintos básicos en lupanares o tenían amantes de manera más o menos descaradas, pero eran las reglas sociales aceptadas en aquel entonces. Finalmente la familia siempre era la institución más sagrada y había que mantenerla a flote cueste lo que cueste y sin arrepentimiento que valga. Una separación era un tabú casi inexistente, para bien o para mal, y cualquier error o desliz se ocultaba a los ojos de todos, y la imagen y las apariencias cubrían las verdades más oscuras. Pero, a pesar de todo, llegaban a viejos juntos, finalmente, rodeados de nietos y de actividades familiares, aunque no se hubieran tocado un pelo por más treinta o cuarenta años. Y se los enterraba juntos en el panteón familiar como un modelo de solidez social, amor infinito, y compañía absoluta, en las buenas y en las malas, en la salud o en la enfermedad, en lo corta, o larga, que pudiera ser la vida.

Sin embargo ahora, la cultura del amor desechable, que nos domina y destruye, tiene otros cánones y realidades. Ahora a nadie le importa tener una buena pareja, alguien con quien construir algo a mediano o largo plazo. Ahora buscamos los amores de hora y media. O del mes que viene. Aquella persona que cubre unas escasas expectativas y necesidades del corto plazo, sin vislumbrar nada más. No estamos dispuestos al sacrificio, el amor incondicional, o la confianza establecida por los años.

Las redes sociales, para peor, nos venden un modelo ficticio de relaciones imposibles, donde vemos a la gente enamorada a pesar de estar juntos catorce años, con parejas perfectas, que se entienden en cada detalle, que viajan juntos por el mundo, que tienen hijos perfectos, que viven una vida de felicidad absoluta. Y nosotros, en cambio, sacamos la mirada de la pantalla y nos encontramos que nuestras relaciones son complicadísimas, donde el enamoramiento duró dos meses y luego pasó a un aburrido cariño, no nos entendemos ni a palos con nuestra media naranja ni siquiera en las cosas más básicas, no logramos viajar ni a Encarnación en tres años de intentos, nuestros hijos son un desastre incorregible, y dudamos de que la felicidad realmente pueda existir. ¡Qué stress! Y para peor, tenemos un catálogo de miles de personas lindas, solteras, interesantes y exitosas al alcance de un click… Obviamente que constantemente nos preguntamos qué hacemos con nuestra vida y si no es mejor romper con todo y empezar de nuevo, buscando esas maravillas que las redes sociales nos muestran, y que obviamente merecemos.

En general, cuando se da ese gran paso de liberación, es para al poco tiempo caer en la misma situación. Porque no hay parejas perfectas, ni solteros ideales. Muchos olvidan que en el Facebook se muestra sólo lo que se quiere mostrar, y cuando uno llora o está podrido de la vida, en general, salvo que sea un “Drama Queen o King”, no muestra nada. Y si vemos éxitos, es porque hubo sudor detrás. Si vemos cosas lindas, seguro que costó conseguirlas. Si vemos parejas híper felices, probablemente están ocultando algo. Si vemos niños perfectos, probablemente lo fueron sólo para la foto. No nos engañemos.

Al mismo tiempo, pedir mucho tampoco está mal. Sólo que todos pedimos mucho, pero pocos estamos dispuestos a dar tanto como pedimos.

¿Pero está mal ser tan exigentes, o en realidad es el reflejo de nuestro propio ser como humanos, que por primera vez en la historia hacemos las cosas como las sentimos y deseamos? ¿Será que por primera vez estamos separando el amor de los procesos mentales y sentimentales primitivos, como ser la religión o la aceptación social, y estamos viviendo las relaciones como nuestra genética dicta en la especie? ¿O nuestra mente?

Ahora una mujer que quiere conquistar a un hombre tiene que hacer un marketing mucho más agresivo y completo que en otras épocas (me refiero aquí a la mujer porque soy hombre, pero el caso inverso es similar, cuando un hombre quiere conquistar a una mujer). Tiene que tener un factor diferenciador del resto, algo que la haga tan única que el hombre no desee cambiar el producto por otro más nuevo o barato o completo. No hace falta un sinnúmero de capacidades, conocimientos, o habilidades, como en las épocas primitivas (me refiero al combo cocinar, planchar, lavar, coser, bordar, etc.) sino simplemente tener algún diferenciador que la haga única, que el hombre sienta que no hay otra como ella en el mundo. O si las hay, son pocas, o inalcanzables. Ciertamente se sigue jugando con la seducción de la belleza, que siempre es útil, pero han crecido las posibilidades. La mujer no sólo está liberada, sino que es una entidad individual y completa: Trabaja, se dedica al arte, al deporte, conoce de música, es experta en cine o en tecnología, juega juegos masivos online, baila, canta, ama (como nunca y sin pudor), y construye una imagen enaltecida y distinguible del resto.

La verdad es que amo esta época, y a sus mujeres. Porque son lo que necesito. En muchos aspectos agradezco haber nacido en este tiempo histórico. Obviamente que es lo que siento porque es la etapa a la que pertenezco, y crecí con necesidades creadas por la propia realidad que vivo, en un ciclo del huevo o la gallina, pero lo agradezco.

Por mi lado no necesito una compañera que sepa cocinar ni que me zurza las medias, porque para eso puedo pagar a una empleada doméstica (desde un punto machista malcriado puedo decir que son cosas que nunca haré…). No necesito que sea amiga de las esposas de mis amigos. No necesito que sea la madre perfecta. Sólo quiero que me guste, que me haga reír, que sea una diosa en la cama, y que comparta mis momentos, y se aleje cuando lo necesite. Y que me ame. Y que sea hermosa, pero no a los ojos de los demás, sino a los míos propios. Y que me haga creer que es para mí, como yo para ella. Para eso tiene que echar mano de un buen marketing, y ser capaz de mantenerme con la mejor atención al cliente, una vez que he comprado el producto. Pero las mujeres actuales están preparadas para eso. Saben que con el compromiso el trabajo de conquista recién empieza, y no que ya termina con un prolongado noviazgo o con el matrimonio, como antes se pensaba. Al marido tienen que cuidarlo más que al novio, y atenderlo mejor, porque hay muchas otras mujeres pasando hambre allí afuera, dispuestas a hacer cualquier cosa por un buen hombre. O uno malo, pero que les de lo que necesitan (insisto, ¡mismo caso para los hombres!). Así que allí requerirán más esfuerzo y no darán nada por sentado, porque el que se queda dormido, pierde a carrera. No hay que despreocuparse, no hay que engordar, no hay “me duele la cabeza”, no hay dejar de lado el trabajo, estudio, o los hobbies que les apasionen, porque entonces dejarán de ser interesantes, y su tiempo estará contado.

Porque estamos en una sociedad de los amores intensos pero fugaces y cortoplacistas, y todo es más difícil, pero mucho más gratificante, cuando el esfuerzo el bien recompensado.

 

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